La mujer franciscana en la acción social chilena

Una mirada a su organización y compromiso en favor de la mujer obrera

Franciscan Women in Chilean Social Action

A look at their organization and commitment in favor of working women

Resumen

A inicios del siglo XX chileno, la mujer franciscana, laica o religiosa, destacó en su compromiso con las clases proletarias desde la Iglesia, asumiendo la importancia de la asociación y de la fidelidad a la propia espiritualidad. El presente artículo busca demostrar cómo desde la organización, la reflexión y las obras caritativas se fue desplegando una acción social franciscana y femenina en el territorio nacional, detallando las asociaciones laicales, las relaciones intraeclesiales, de género y clase y los grupos que fueron beneficiados. La principal fuente de la investigación han sido las revistas franciscanas custodiadas por los archivos franciscano y capuchino de Santiago de Chile, cuyo material sobre las organizaciones laicales femeninas y su caridad operativa permitió determinar su campo de acción y compararla con investigaciones recientes sobre la Iglesia, la mujer y el mundo obrero. Finalmente, la investigación pretende comprender la labor caritativa de la mujer franciscana, con sus límites contextuales, a las luchas de las mujeres por el reconocimiento y los espacios políticos y culturales presentes hasta hoy.

Palabras claves: Asociaciones católicas, acción social, solidaridad entre mujeres, mujer obrera

Abstract

At the beginning of the 20th century in Chile, Franciscan women, lay or religious, stood out in their commitment to the proletarian classes from the Church, assuming the importance of association and fidelity to their own spirituality. This article seeks to demonstrate how, from the organization, reflection and charitable works, a Franciscan and feminine social action was deployed in the national territory, detailing the lay associations, the intra-ecclesial, gender and class relations and the groups that were benefited. The main source of the research has been the Franciscan magazines kept by the Franciscan and Capuchin archives of Santiago de Chile, whose material on female lay organizations and their operational charity allowed to determine their field of action and to compare it with recent research on the Church, women and the working world. Finally, the research aims to understand the charitable work of Franciscan women, with its contextual limits, to the struggles of women for recognition and the political and cultural spaces present until today.

Key words: Catholic associations, social question, solidarity among women, working women

Introducción

Las últimas décadas han sido testigos de un movimiento feminista reivindicativo del espacio social, laboral, familiar e incluso, del propio cuerpo que busca incidir en las políticas públicas y en la transformación cultural de la sociedad. En más de algún momento, este se ha confrontado con la Iglesia Católica y su doctrina, pero ello, no necesariamente puede ser comprendido como una constante histórica, pues a inicios del siglo XX, mujeres católicas, y particularmente, las franciscanas aprovecharon el espacio eclesial para trabajar por el bien material y moral de sus pares más vulnerables. Esa labor constituye un eslabón en la historia de las luchas del feminismo chileno.

La presente investigación demuestra el protagonismo de religiosas y laicas franciscanas en la acción social chilena en las primeras décadas del siglo XX, frente a las precarias condiciones materiales y morales de las clases obreras, con especial atención a los males que aquejaban a las mujeres presentes en estas. Para ello, se caracterizarán las principales instituciones desde donde llevaron a cabo su labor; se analizarán las relaciones de dependencia con las estructuras masculinas desde la Iglesia; se revisarán las variables de clase en la atención a la mujer obrera; y, se evaluará el impacto de sus obras.

La mujer ha tenido permanentemente un protagonismo en la evangelización. En la Colonia, tuvo un rol familiar centrado en el “acompañamiento, maternidad, traspasar la herencia familiar en cuanto a crianza, educación, mantenimiento y propagación de la Fe” (Sánchez, 2015, p. 243). Hasta 1567, fecha del II Concilio Limense, existen antecedentes de mujeres venidas a los nuevos territorios españoles con la intención de realizar una labor evangelizadora con los indígenas, pero, a partir de esa fecha les quedó expresamente prohibido aquello, aunque algunas fueron parte de las estructuras administrativas de las misiones (Guarda, 1973, pp. 29-30). Esta exclusión no significó una pérdida de acción protagónica femenina o una reducción a lo meramente catequístico en el hogar. Muchas de las mujeres acomodadas crearon capellanías, podemos decir que el cuidado de los suyos iba más allá de la existencia temporal. En el siglo XVIII, un 45% de las capellanías establecidas tenían su origen y financiamiento por mujeres (Sánchez, 2015, p. 245).

La Iglesia Católica, entre el siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX, buscaba su centralización, homogenización y jerarquización, cuya meta era una comunidad de fieles orientada a Roma y con una clara conciencia de pertenencia a esta, y cuya recepción y consolidación tuvo múltiples actores y direcciones (Ramón Solans, 2020, pp. 23-30). En medio de este contexto surgió la reflexión y la acción de los laicos católicos europeos, quienes sostenían una doble crítica a las políticas liberales, primero denunciaban su origen violento y sanguinario, la Revolución francesa, y, seguidamente, el orden económico consecuente, cuyos beneficios eran limitados a una clase o grupo social, y aunque en su discurso quisiera ofrecerlos a todos, sólo unos pocos disfrutaban de sus bondades, llegando a ser indiferentes a la masa proletaria (Aubert, 1974, pp. 535-536). Y, la mujer católica respondió a este desafío involucrándose en las nuevas congregaciones, las asociaciones de fieles, las obras caritativas y la prensa católica.

En el caso de las mujeres estudiadas en esta investigación, ellas se confrontaban con estos procesos desde la adhesión a una espiritualidad católica determinada, la franciscana. Esta última surgió en el siglo XIII por el testimonio de vida de san Francisco de Asís e inspiró a una serie de instituciones organizadas en la Primera Orden, conformada por clérigos y conocidos como frailes; la Segunda Orden, referida a las monjas clarisas; y, la Tercera Orden, a la cual pertenecen los laicos y las congregaciones religiosas.

Aún cuando el alcance de este estudio pretendía abarcar la realidad de las laicas franciscanas chilenas, se vio limitado por el acceso y por la escasez o ausencia de fuentes más allá de Santiago de Chile y del Convento de San Francisco de la Alameda, en la misma ciudad. Sin embargo, ya que en este último se encontraba la Venerable Orden Tercera (VOT) más antigua y la cual desarrolló la más importante obra social, la investigación sobre ella asegura la representatividad y permite inferir la predominancia femenina entre sus miembros y su acción social.

Otro aspecto para considerar es la investigación sobre la acción social de las mujeres católicas en las primeras décadas del siglo XX. Existe una variada literatura, destacándose el capítulo correspondiente en Historia de las Mujeres en Chile (Huerta Malbrán & Veneros Ruiz-Tagle, 2013), pero, en general, no distinguen la presencia de las religiosas o las asociaciones laicales con sus características, procesos y el protagonismo femenino en la renovación y reforma para sintonizar con los cambios sociales y eclesiales. Ello ya constituye un límite, el cual se amplía frente al silencio historiográfico sobre la acción social franciscana en el período.

La investigación es descriptiva y su principal fuente han sido las revistas de la Primera Orden, especialmente en Santiago, consultadas en el Archivo Histórico Franciscano Fray Rigoberto Iturriaga Carrasco (AHFFRIC) y Archivo Histórico Capuchino (AHC). Estos archivos han permitido encontrar diversos materiales referidos a las congregaciones franciscanas femeninas y a la VOT. Material que fue organizado en torno a grandes temas sobre la institucionalidad de las asociaciones femeninas franciscanas y su acción renovadora, formativa y caritativa. Y, él cual fue confrontado con estudios referidos al liberalismo, la cuestión social, la mujer y la historia eclesial.

De monjas a religiosas, las transformaciones de la vida religiosa femenina en Chile

Fue en la época republicana, a partir de 18341, que el rol de la monja o religiosa comienza a transformarse, con la llegada de mujeres consagradas de vida apostólica activa, sin que esto signifique la desaparición de los monasterios. Su llegada a Chile se enmarcó en el proyecto pastoral de Monseñor Rafael Valentín Valdivieso, ofrecer una buena educación católica a las familias y fortalecer la trasmisión de los valores cristianos en la privacidad del hogar para asegurar su vivencia en la esfera social (de la Taille, 2012, p. 18).

Las congregaciones femeninas impactaron a la sociedad chilena por sus formas novedosas de presencias. Estas fueron institutos de carácter pontificio, autónomas del obispo local; la cercanía con las religiosas constituyó un acontecimiento, especialmente en sectores populares; ellas renovaron la vida religiosa y el compromiso social de las clases altas, suscitando numerosas vocaciones en ese ambiente. En sus obras apostólicas, colegios, hospitales, cárceles o asilos de huérfanos, sus cargos, gastos, rendiciones dependían de las autoridades civiles (Aliaga, 2003, pp. 101-102).

El atractivo por esta forma de consagración produjo un aumento de vocaciones femeninas en Chile hacia fines del siglo XIX:

(…) en todas las esferas sociales, para seguir la vida religiosa i emplearse en el servicio i enseñanza de la clase menesterosa, como lo prueba la multitud de jóvenes acomodadas e instruidas que pueblan los numerosos monasterios que existen en Chile, i mui en particular los de vida mista, que son muchos, tales como el Buen Pastor, la providencia, la Buena Enseñanza, la Purísima, las Hermanas de Caridad, de S. José, de la preciosísima sangre. (Zuñiga, 1889, p. 29)

Las nuevas formas de presencia de la mujer consagrada generaron la fundación de diversos institutos chilenos (ver Tabla 1) con características definidas, algunas de estas comunidades tuvieron su origen en beateríos, reformados y adecuados para constituirse en congregaciones; mayoritariamente son iniciativas de mujeres, unidas a las diversas espiritualidades o con el apoyo de algún obispo; todas ellas dedicadas a obras sociales o a una atención pastoral asociada al mundo obrero y la mujer y sus complejas realidades sociales, familiares y morales. Sus carismas, tan semejantes, se pueden explicar por una nueva sensibilidad y espiritualidad surgida desde el encuentro con la vida religiosa femenina arribada a Chile desde mediados del siglo XIX; ellas pregonaron un trabajo ordenado a la caridad como una nueva forma de salvación personal y un camino nuevo de sociabilidad femenina, desde grupos y cofradías vinculadas a su espiritualidad (Aliaga, 2006, p. 226).

Varias de las fundadoras, destacadas como figuras señeras de la educación chilena, fueron exalumnas o religiosas de las congregaciones venidas desde el extranjero. Entre las primeras, del Colegio de las Religiosas del Sagrado Corazón, estuvieron María Luisa Villalón (García Ahumada, s. f., pp. 65-66) y Adela Edwards de Salas (García Ahumada, s. f., pp. 99-105); Magdalena Guerrero Larraín, fue religiosa del Buen Pastor (García Ahumada, s. f., p. 67) y María Luisa Villalón, hermana de la Providencia.

En el caso de la espiritualidad franciscana, sus institutos femeninos vinieron fundados desde el extranjero y otros nacieron en el mismo Chile. En la Colonia los monasterios tuvieron una clara impronta franciscana, pero debe reconocerse que el protagonismo franciscano chileno fue lento en cuanto a fundar e invitar a religiosas de su propio carisma, debido, probablemente, a las crisis propias de la Primera Orden en tiempos de la independencia y la consolidación republicana.

Tabla 1: Congregaciones femeninas no franciscanas fundadas en Chile 1850-1935.

Congregación

Año

Fundadores

Carisma

Hermanas de la Casa de María Santísima Madre de Dios

1866

Presbítero Blas Cañas Calvo.

Prestar auxilio, amparo y educación a niñas y jóvenes de escasos recursos o huérfanas.

Hospitalarias de San José

1866

Presbítero José Agustín Gómez Díaz

Honrar al Divino Redentor sirviéndole corporal y espiritualmente en cada pobre.

Congregación Preciosa Sangre

1887

Magdalena Guerrero Larraín

Salud, educación y pastoral parroquial.

Congregación Purísimo Corazón de María

1889

Sara Aspillaga y Elisa Foster Recabarren

Preocupación pastoral preferente de cristianizar a los sectores más modestos y sencillos por medio de sus diferentes obras.

Hermanas de la Misericordia

1889

Presbítero Clemente Díaz Rodríguez

Llevar consuelo y misericordiosa ayuda cristiana a los enfermos y necesitados del ámbito rural.

Carmelitas de Santa Teresa

1890

Magdalena Correa Albano

Dedicadas a la educación de niños, hijos de obreros.

Hijas de San José Protectoras de la Infancia

1895

Luisa Villalón Aránguiz

Servicio a la infancia especialmente vulnerable.

Hermanas Hospitalarias del Sacratísimo Corazón de Jesús

1903

Presbítero José Agustín Gómez Díaz

Asumir las dolencias de los hermanos más desvalidos, como lo son los enfermos, ancianos, jóvenes y niños en situación irregular.

Oblatas Expiadoras del Santísimo Sacramento

1917

Rosa Jaraquemada Walton

La Congregación otorga atención preferente a la formación de la niñez en general y a los sectores en situación irregular.

Misioneras catequistas de la Sagrada Familia

1920

Primitiva Echeverría Larraín

La evangelización mediante la educación, la catequesis sacramental y las misiones.

Apostolado Popular del Sagrado Corazón

1924

Antonio Falgeras, jesuita, y Carmela Rodríguez Rozas

Atender espiritualmente a los sectores más pobres de los conventillos y suburbios de la Capital.

Amor Misericordioso

1926

Adela Edwards de Salas y Berta de la Fuente Marchant

Mujeres en general, especialmente en situación de pobreza y menores de edad.

Congregación Hermanas de Betania

1929

Domitila Huneeus Gana

Llevar el mensaje cristiano a las familias más pobres y marginadas.

Fuente: Elaboración propia a partir de (Rehbein, 1990, pp. 82-83; Conferencia Episcopal de Chile, 2005, pp. 455-614; García Ahumada, s. f.)

Las congregaciones femeninas de espiritualidad franciscana de fundación chilena eran cuatro en el periodo de estudio (ver Tabla 2), y tienen varios aspectos en común. Primero, en su origen estuvieron unidas a las estructuras de los Observantes o Capuchinos, destacándose las figuras de fray Antonio de Jesús Rodríguez, fray Juan Bautista Díaz, fray Antonio de Jesús Márquez, fray José Manuel Sepúlveda, fray Felipe Remedi y fray Wolfgang Emslander, Capuchino.

Tabla 2: Congregaciones femeninas franciscanas de fundación chilena (1874-1935).

Congregación

Lugar de fundación

Año fundación

Franciscanas de la Purísima Concepción de la Santísima Virgen María

Chillán

1859

Franciscanas de Santa Verónica Giuliani

Santiago

1889

Franciscanas Misioneras de la Inmaculada Concepción

Angol

1889

Franciscanas Misioneras Catequistas de Boroa

Boroa (Villarrica)

1923

Fuente: Elaboración propia a partir de (Zuñiga, 1889, p. 29; El Monasterio de Purísima de Chillán. 1859-1909, 1910, pp. 6-7; Noggler, 1972, p. 182; Etcheverry, 2000).

En segundo lugar, nacen de asociaciones laicales femeninas previas, las hermanas de la Purísima, al solicitar permiso para su fundación en 1840, ya eran siete y contaban con donaciones para crear un monasterio y una escuela (El Monasterio de Purísima de Chillán. 1859-1909, 1910, p. 4); las hermanas de Santa Verónica Giuliani conformaban un beaterio en la Recoleta, que desde la década de 1850 contaba con un templo propio (Zuñiga, 1889, p. 30); las fundadoras de las religiosas Misioneras de la Inmaculada, conocidas popularmente como “Angolinas”, provenían del beaterio del “Corazón de María”, ubicado igualmente en el sector de la Recoleta, fundado en 1859 (Etcheverry, 2000, pp. 9-10; Aliaga, 2009, p. 106, 2011, pp. 11-24). Las hermanas de Boroa, por su parte, se fundaron a partir de laicas alemanas cooperadoras en la misión capuchina homónima (Noggler, 1972, p. 182). Es destacable que gran parte de las hermanas fundadoras tenían estudios y experiencia en el área educativa.

En tercer lugar, su misión era la atención de grupos socialmente vulnerables, priorizando a la mujer y la educación. Las religiosas de Chillán tenían como obligación principal la de atender el colegio, no pudiendo excusarse ninguna religiosa de dicha labor y manteniendo la comunión con las directrices eclesiales sobre esta materia (El Monasterio de Purísima de Chillán. 1859-1909, 1910, pp. 7-8). Las Verónicas se fundan para la atención de las “huérfanas, las enfermas, los ancianos desamparados, la instrucción de la niñez” (Zuñiga, 1889, p. 29). Las hermanas Angolinas y las de Boroa se insertaron en la realidad del mundo mapuche. Las primeras con el carisma de educar a la mujer indígena (Aliaga, 2011, pp. 50-55), y las Catequistas de Boroa, con misiones ruca a ruca, instruían a niños y adultos, y en la medida que fueron creciendo en número de hermanas, establecieron colegios (Noggler, 1972, pp. 182-184).

Al compararse con las otras congregaciones chilenas de la época, coinciden en el matiz social, la centralidad en desarrollar una acción en favor de mujeres vulnerables, y en lo educativo de sus carismas. Pero pueden diferenciarse; las comunidades franciscanas femeninas fueron fundadas previo al arribo de congregaciones del mismo carisma extranjero; por tanto, sin negar el influjo de la espiritualidad femenina presente desde mediados del siglo XIX, adaptar el franciscanismo a la realidad social debió ser un empeño criollo. Otra diferencia fue su mayoritaria presencia en las provincias, sólo las hermanas Verónicas tuvieron una presencia y desarrollo en Santiago. En tercer lugar, estas fueron congregaciones de derecho diocesano y ninguna de ellas hasta hoy ha alcanzado el estatus de pontificias. Finalmente, en la actualidad, de las cuatro congregaciones franciscanas de fundación chilena, tres siguen existiendo, pues las hermanas Franciscanas de Santa Verónica Giuliani fueron suprimidas por el Arzobispado de Santiago a finales del siglo XX.

Solo a inicios del siglo XX comenzarán a insertarse en la Iglesia chilena religiosas franciscanas extranjeras. Durante el siglo XIX, 135 congregaciones franciscanas femeninas de derecho pontificio habían sido reconocidas por la Santa Sede, el 56% de ellas había nacido en Italia, Estados Unidos, España y Francia (Iriarte, 1979, pp. 556-572). Las razones del por qué los frailes no hicieron gestiones para invitarlas al territorio chileno queda como una interrogante historiográfica, pero, los frailes chilenos daban cuenta de conocer algunas de ellas (Editores, 1890; B. Díaz, 1909). Es probable, que se considerara la presencia en Chile de las congregaciones femeninas, como suficiente para el trabajo evangelizador o social, fueran estas franciscanas o no.

La presencia franciscana femenina, finalmente, se vio reforzada por tres congregaciones venidas desde el extranjero (ver Tabla 3), todas ellas con un talante misionero, educativo y de atención a grupos socialmente vulnerables.

Tabla 3: Congregaciones femeninas franciscanas extranjeras (1874-1935).

Congregación

País de origen

Año fundación

Año de llegada a Chile

Hermanas Maestras de la Santa Cruz de Menzinger

Alemania

1844

1901

Franciscanas Misioneras de María

India

1877

1904

Terciarias Franciscanas de la Inmaculada

España

1876

1931

Fuente: Elaboración propia a partir de (23 de abril 1904-1929, 1929; Noggler, 1972, p. 179).

Las Hermanas Maestras de la Santa Cruz de Menzinger llegaron a Chile por iniciativa de los Capuchinos para apoyar las labores evangelizadoras de su Prefectura de misiones. El primer grupo de ellas estuvo compuesto por cuatro hermanas que arribaron en 1901 y se ubicaron en el sector de Río Bueno. Su dedicación fue la educación y el apoyo a la misión. Fundaron colegios en Río Bueno, Bajo Imperial, Quilacahuín, Villarrica, Pelchuquín, Vilcún, Toltén, Lonquimay y San Juan de la Costa. Tuvieron, además, una escuela normal en Río Bueno y casas de misiones en Cunco y Purulón (Noggler, 1972). Ellas, en 1913, se instalaron en Santiago haciéndose cargo de un liceo de niñas, inicialmente con una matrícula de 450 alumnas, en las cercanías del populoso barrio Franklin, creado por la Sociedad Católica de Instrucción y Habitaciones Obreras, institución nacida del Congreso Social Católico de 1910 (González Errázuriz, 2003).

Las Franciscanas Misioneras de María, hasta 1929 mantenían dos presencias en Chile; la primera de ellas en Curimón, 1904, y la otra en Santiago. Su llegada fue apoyada por fray Antonio de Jesús Rodríguez y fray Juan Bautista Díaz. En Santiago se dedicaron a las huérfanas y a las jóvenes obreras, para quienes se creó un Asilo y un Taller, en donde se enseñaba bordado y otros trabajos manuales (23 de abril 1904-1929, 1929, pp. 3-9) y, en Curimón, abrieron la Escuela de Niñas Santa Rosa de Viterbo (Lagos, 1910, p. 522).

Las Hermanas Terciarias Franciscanas de la Inmaculada, por su parte, llegaron a Chile en los inicios de la década de 1930, por iniciativa de Monseñor José Luis Espínola Cobos, quien fue encomendado por la Sociedad Santa Lucía Protectora de Ciegos para ubicar y traer religiosas europeas con la misión de hacerse cargo de la escuela y hogar fundados en 1924 y ubicado en Santiago. Estas hermanas, fueron las elegidas y hasta 1950 estuvieron a cargo de esta obra. En 1932 fundaron un colegio para sordomudos (Alcover, 1978, pp. 17-38).

Las laicas franciscanas, renovación, asociatividad y presencias en la acción social

Desde mediados del siglo XIX, la labor pastoral de la mujer cristiana comenzó a transformarse; manteniendo sus roles tradicionales, ella se fue abriendo camino en el compromiso con los más desposeídos (Yeager, 1999). El papel social y eclesial de la mujer era destacado: la esposa del obrero era una administradora más confiable y eficiente que su pareja (Bustos, 1911a); la educación recibida en los colegios religiosos las invitaba a la acción caritativa, al apostolado social, considerado como uno de los elementos centrales de defensa de la fe en medio de las hostilidades liberales (Aliaga, 1988, p. 143); las niñas mapuches educadas en colegios católicos eran consideradas el sostén de la fe en sus familias y comunidades (Noggler, 1972; Aliaga, 2011); y, a las exalumnas se las invitaba a formar parte de asociaciones laicales congregacionales para extender la labor social eclesial (Aliaga, 2006).

La acción social femenina desembocó en una lectura de la doctrina de León XIII aplicada a un grupo específico: la mujer obrera y su situación particular en la cuestión social, plasmado en el Congreso Mariano Femenino de 1918. En él

(…) se destaca el análisis crítico de la situación de injusticia que padece la mujer que trabaja en la fábrica en una situación inhumana y la descomposición del hogar y de la familia. Junto con promover la educación entre las jóvenes de escasos recursos, el Congreso exige una legislación respecto a las horas de trabajo, al salario y, especialmente, la promoción de la sindicalización femenina. (Aliaga, 2006, p. 233)

En la defensa de la mujer obrera coincidieron las mujeres católicas y las anticlericales, manteniendo sus diferencias valóricas sobre otras materias como el aborto o el divorcio (Huerta Malbrán & Veneros Ruiz-Tagle, 2013).

Las laicas vinculadas a los frailes, por su parte, desde finales del 1800, fueron asumiendo un trabajo cada vez más protagónico en la acción social. En el Convento de San Francisco de la Alameda se hizo habitual verlas apoyando la elaboración de alimentos para los vecinos vulnerables, luego de alguna misión popular, como en 1897 (Editores, 1897, p.311); organizando las obras sociales del Pan de San Antonio (Espínola & Lira, 1899) (ver Figura 1) o las instituciones para apoyar económicamente al Patronato y Habitaciones para Obreros de San Antonio (Editores, 1915c, 1917; Díaz de Díaz, 1936; Puga de Ovalle, 1936). En el convento de los Capuchinos en Santiago, había mujeres que se encargaban de la catequesis y de alimentar a los niños pobres del sector (Editores, 1920b), y otras se reunían en un taller de costura cuyos productos tenían como destinatarios a los niños mapuches (Editores, 1914c).

Figura 1: Reparto del Pan de San Antonio (1921).

Fuente: Las Brisas (1921, p. 199)

Fuera de Santiago, también es posible encontrar experiencias semejantes, en el convento de Chillán, se fundó, el 31 de diciembre de 1921 la Pía Unión de María Inmaculada, cuyos fines eran dar desayunos los martes y en confeccionar vestuarios para los empobrecidos de la ciudad (Pía Unión de María Inmaculada, s. f.).

A la mujer católica se le recomendaba unirse a alguna de las asociaciones laicales femeninas, pues en ellas

(…) la joven y la madre no sacrificarán su deber y su pudor a la embriaguez del placer o a los atractivos del tocador, no abandonarán el hogar doméstico para buscar en el torbellino de las fiestas mundanas triunfos que las avergüencen. (de Kerval, 1914, pp. 337-338)

Y, entre los franciscanos chilenos fue la VOT la que prioritariamente era difundida. Esta asociación de fieles estaba presente en tierras americanas desde la colonia. En las primeras décadas del 1600, en distintas latitudes del nuevo continente, ella estaba ya instituida; por ejemplo, en Buenos Aires, en 1621, los terceros habían pedido construir una ermita a san Roque, aunque no existe registro de dicha obra posteriormente (Udaondo, 1920); los Estatutos Generales de los frailes en La Española (actual Santo Domingo) en 1641, la consideraban un elemento central para la evangelización y en la Provincia de las Charcas estaba mandado, alrededor de los mismos años, fundarla en los conventos (Díaz Pinto, 2005).

En México, a mediados del siglo XVII, los frailes dedicados a la atención de las comunidades indígenas dejaban la atención de la población española, en las ciudades, a los terceros, como ocurrió en la Villa de Campeche (Rocher, 2005, p. 16). El antecedente más antiguo de esta asociación en Chile fue en 1620, el Gobernador Lope de Ulloa Lemus solicitó el hábito tercero y poder observar su Regla (Rovegno, 2007, p. 50), y que podemos conjeturar que, ella funcionaba en el Convento de San Francisco de la Alameda, Santiago de Chile, pues era la única comunidad de frailes en Santiago.

León XIII inició una serie de documentos e intervenciones pontificias, los cuales tuvieron a la identidad y misión de la VOT en el centro de las preocupaciones magisteriales y promovía su difusión. Ella, por su forma de vida, enseñaba el amor a Dios, a la Iglesia y al prójimo, a

(…) abstenerse de pasiones y luchas; no desaprovechar cuanto cede en beneficio del prójimo; no tomar las armas sino para la defensa de la Religión y de la patria: ser moderado en el comer y el vivir; evitar el lujo y abstenerse de las peligrosas seducciones del baile y del teatro. (León XIII, 1886, p. 214)

Ella era el centro de la reforma social que pretendía el Papa; así lo había manifestado al promulgar la nueva Regla de los terceros franciscanos (Editores, 1913). La forma de vida tercera franciscana encarnaba, según León XIII, desde sus orígenes, el anhelo de la aceptación fraterna de los pobres, pero sin abandonar las referencias al Dios cristiano y a su Iglesia. Si en su fundación fueron respuesta para combatir a albigenses y la tibieza de la vida cristiana (León XIII, 1886), también, lo eran para enfrentar al liberalismo secularizante y al socialismo. Ella aseguraba la paz social (León XIII, 1886), a diferencia de las consecuencias del liberalismo y su naturalismo, que al negar la obediencia a la Iglesia, “por una consecuencia necesaria, van hasta desconocer el mismo poder civil; aprueban la violencia y la sedición en el pueblo; ponen en duda la propiedad; adulan la concupiscencia de los proletarios; quebrantan los fundamentos del orden civil y doméstico” (León XIII, 1886, p. 216).

León XIII dotó a esta asociación de una nueva Regla en 1883, con dos finalidades: actualizar el estilo de vida tercero y ordenar el elenco de indulgencias de la VOT. Y, entre el 22 y el 27 de septiembre de 1900, convocó a un Congreso Internacional de Terceros franciscanos en Roma, que contó con quince mil participantes de todo el mundo (Editores, 1900). En sus conclusiones generales se encontraban elementos de compromiso con la condición obrera: se debe proteger a pequeños operarios y artistas; tener una preocupación por la educación de los jóvenes, especialmente, los hijos de los obreros, estableciendo oratorios o escuelas religiosas (Editores, 1901a); y sobre las obras de caridad debían procurar “ayudar á fomentar obras é instituciones de caridad ya existentes, y donde no existiesen y no sea posible establecerlas independientes, fúndese en el seno de la misma Orden Tercera” (Editores, 1901a, p. 63).

El impulso, renovación y apoyo dado por León XIII la revitalizó a partir de fines del siglo XIX. La doctrina social de este Pontífice se convirtió en un elemento central en su renovación institucional, fraterna, formativa y apostólica, que la llevó a restructurar la formación de sus candidatos y miembros. Un proceso no libre de dificultades y que centró su mirada en la experiencia de los hermanos Terceros europeos, especialmente, franceses y belgas, de quienes adaptaron los libros para formarse desde la regla de León XIII, las posibles formas de organizarse territorialmente y las discusiones sobre su identidad y su apostolado. En el cual, las mujeres que formaban parte de ella fueron protagonistas activas.

La presencia femenina en la VOT chilena

Desde 1758, existe información de la VOT chilena sobre la división por género de las fraternidades y con oficios relativamente comunes, aunque la sección femenina parecía más de acción interna, tenía ministra, discretas, proministra, sacristanas y maestras de novicias; en cambio, en la sección varones se agrega procurador y abogado, síndico, tesorero, médico y algunos oficios relativos a la presencia de clérigos seculares en la fraternidad (Díaz Pinto, 2005). Y, a partir de la década de 1910 se comienza a proponer la constitución de fraternidades terciarias mixtas, las cuales son consideradas más fieles al movimiento original laical franciscano (Editores, 1914b).

No es posible determinar sí en todas ellas existían una sección femenina, dependía, por un lado, del número de socias y de la evaluación del consejo de varones y del rector. Un ejemplo es lo que ocurría en la VOT del Convento de San Francisco de la Alameda. En ella en 1898, aparentemente, no existía una sección femenina, el consejo publicado en la revista franciscana era sólo el de varones (Editores, 1898b, p. 64). En 1900, el rector de la VOT del Convento de San Francisco de la Alameda, propuso al consejo la creación de uno de hermanas, con atribuciones y deberes propios, dependiente del Rector y del ministro de la VOT, aquello

(…) fomentaba la concordia y el espíritu de unión, y se acercaban las clases altas á las bajas; pues este Directorio de Hermanas tendría por objeto practicar la caridad con las de su sexo y velar por el esplendor del culto en las principales funciones religiosas que tiene la V.O.T. (Editores, 1901b, pp. 30-31).

La cual fue abolida por motivos desconocidos, pues en 1908, tenemos noticias de un nuevo restablecimiento de esta sección en Alameda (Editores, 1908a).

Esta misma fraternidad laical nos permite intuir el alto número de mujeres asociadas. El número de miembros de ella es difícil de determinar, pues sus libros de registros están desaparecidos, pero según los frailes en 1920, este era entre los años 1850 a 1919 de 17.005, habiendo fallecido 4.475 (Editores, 1920a), por ende, el número debía ser cercano a los

Figura 2: Gráfico de la distribución por género de los miembros de la VOT del Convento San Francisco (1908-1918).

Fuente: Elaboración propia.

Una preocupación activa por la formación y renovación del laicado franciscano

A partir de la promulgación de la nueva Regla leonina en 1883, comenzaron a surgir una serie de VOT en Chile, 54 en el periodo 1889-1930. Estas nuevas fraternidades laicales abarcaron el territorio nacional desde Tarapacá por el norte hasta Castro, Chiloé, por el sur y daban cuenta del trabajo de los religiosos de la Primera Orden. Este crecimiento exponencial enfrentó a las VOT a encontrar su propia identidad en la Iglesia, para ello, debían diferenciarse de otras órdenes terceras, de otras asociaciones de fieles tradicionales, las cofradías e, incluso, de organizaciones extraeclesiales, como la francmasonería.

Para lograr diferenciarse debían desarrollar su identidad franciscana terciaria en lo eclesial y social, el gran desafío era establecer los requisitos mínimos sobre la formación de los candidatos. La debilidad en la formación y en su estilo de vida fraterno producía que, en algunas oportunidades, una VOT apenas se diferenciara de cualquier otra asociación piadosa (Bustos, 1909, p. 342). Por eso se insistía en el valor de los encuentros fraternos mensuales para los hermanos profesos, en donde la reflexión sobre san Francisco, la Regla y los valores cristianos mantenía vivo el deseo de conversión personal y social (Editores, 1921).

Para la formación, en la Revista Seráfica de Chile se publicaron artículos, cuya novedad consistió en ser escritos por hermanas de la VOT del Convento de San Francisco, y que, aparentemente se proponen para las demás comunidades seglares franciscanas. En ellos se revisaba las distintas etapas de iniciación previos a la profesión, postulantado y noviciado. La primera de estas etapas era la solicitud de admisión que debía ser hecha, idealmente por escrito, por el candidato y dirigida al Rector de la VOT, quien lo presenta al Directorio o Consejo (Donoso, 1908), dura un tiempo mínimo de dos o tres meses, en los cuales estaba sujeto a la disciplina del noviciado y acompañado por un novicio, el acompañante recibe el título de “Ángel Custodio” (Donoso, 1908, p. 193). Era un tiempo para conocimientos mutuos y para ir introduciéndose poco a poco en la vida fraterna, pero principalmente,

(…) evita las recepciones que suelen hacerse con ligereza, las cuales, á las veces, desacreditan á la Orden y confirman aquella idea, que no por ser general, dejan de ser falsas, de que la Orden Tercera es una Cofradía como cualquier otra. (Donoso, 1908, p. 190)

El noviciado era la segunda preocupación, no podía reducirse a la asistencia a las reuniones ordinarias de la fraternidad, aparentemente, una de las realidades habituales en la mayoría de las VOT, pero que generaba como consecuencia una formación deficiente (Sor Salomé T.O.S.F., 1909b). Los encargados de formarlos eran al menos los dos hermanos de la VOT responsables, Maestro de novicios y quien lo reemplace en caso de ausencia, sin excluir al resto de los profesos de la fraternidad, más para su propia renovación espiritual, y la necesaria presencia del Rector de la fraternidad seglar, cuando sus otras responsabilidades se lo permitiese. Los encuentros formativos debían girar en torno tres aspectos, la recitación del oficio, la explicación de la Regla y otros ejercicios de piedad (Sor Salomé T.O.S.F., 1909a).

Para organizarse, la VOT del Convento de San Francisco buscaban en sus tradiciones fundacionales y modelos en Europa. En 1909, el franciscanista Pablo Guerrini descubrió y publicó las Constituciones de la VOT de Brescia, datadas a mediados del siglo XIII y sus añadidos del siglo XIV. De este texto, una hermana tercera del Convento San Francisco de la Alameda rescataba la fidelidad doctrinal a la Iglesia; la dependencia con la Primera Orden; su orgánica interna, ministro y dos asistentes nombrados por los frailes y un consejo de doce miembros electos por los terceros; el cuidado de las condiciones de salud física y moral de los hermanos; y, la organización de obras sociales, en el caso de esta comunidad un hospital fundado en 1274 (Sor Salomé T.O.S.F., 1909c).

En 1910, la hermana tercera Elvira Lyon de Subercaseaux traduce un folleto sobre la VOT Roubaix, Francia (1910, pp. 275-281). Esta fraternidad francesa extendía su presencia en dicha ciudad de unos 125.000 habitantes. Su organización interna había sido configurada en torno a dos pilares, la división del trabajo y las responsabilidades, y el apostolado. Para lo primero, ella establecía un directorio con encuentros propios y periódicos, quienes organizaban encuentros fraternos regulares para que los hermanos se conozcan y formar a los terceros; y, encargados barriales responsables de la promoción vocacional y de la visita y auxilio a los hermanos. Estos encargados territoriales daban cuenta al ministro de la fraternidad. El apostolado, por su parte, contemplaba obras sólo en favor de los propios miembros de la VOT y la presencia y protagonismo en la red asistencial presente en la sociedad.

Estas dos características de la búsqueda de renovación y reforma de la VOT del Convento de San Francisco de la Alameda, fidelidad a los orígenes y la difusión de modos terceros actualizados de la espiritualidad franciscana, aparentemente, fueron un norte en la vida de esta fraternidad, tanto desde sus miembros como desde la dirección espiritual de los frailes. Sin embargo, aquello no fue una simple reproducción sino una adaptación a la realidad eclesial, franciscana y social chilena. La mirada a Francia, cuya población católica estaba sometida a hostilidades liberales y socialistas, permitía elaborar una estrategia para enfrentar las propias hostilidades desde la VOT del Convento de San Francisco de la Alameda en Chile. La VOT de Roubaix y la de Alameda tenían algunos elementos comunes, eran fraternidades con un alto número de miembros y en crecimiento, y, además, con una preocupación por el bienestar de sus miembros; pero, se diferenciaban en dos aspectos, primero, las ciudades donde se desarrollaban en cuanto a población eran diferentes, Roubaix tenía alrededor de 125.000 habitantes (Editores, 1910, p. 541) y Santiago la triplicaba, en 1907, ella contaba 403.775 (Comisión Central del Censo, 1908, p. 406). Y, segundo, la asociación laical franciscana francesa era la única en el territorio, lo cual no ocurría en Santiago, en él había VOT, además, del Convento de San Francisco de Alameda, en Recoleta, Capilla de Ossa, Capuchinos, Parroquia de San Miguel entre otras que se fueron fundando, sin que entre ellas existiese una coordinación.

La cumbre del rol formativo de las socias de la VOT se dio en su Primer Congreso chileno, realizado en Santiago, del 16 al 20 de noviembre de 1921, efectuándose las sesiones ordinarias en el Convento de san Francisco de Alameda y las celebraciones eucarísticas en los principales templos de la Primera Orden en la capital. Se presentaron veintidós ponencias, de las cuales un 60% de los expositores fueron laicos y entre ellos un 14% fueron mujeres (Crónica del Primer Congreso Nacional de la Tercera Orden Franciscana, 1923, pp. 24-26). Aunque esta última cifra puede parecer pequeña constituyó una novedad para la época; la crónica del evento constató que cuando una mujer tomó la palabra, se notó, entre los asistentes, “una impresión de sorpresa al ver aparecer por primera vez en el templo a una mujer que dirige la palabra al público. Pero la sorpresa se cambió en simpatía y atracción al escuchar las atinadísimas reflexiones de la oradora” (Crónica del Primer Congreso Nacional de la Tercera Orden Franciscana, 1923, p. 53).

Protagonistas de un apostolado comprometido con la causa obrera

El programa de vida apostólica de un miembro de la VOT era estudiar y encarnar los valores de su espiritualidad franciscana, en fidelidad al Papa y su magisterio, especialmente desde la Rerum Novarum. La defensa de los derechos del proletariado se convertía en un tema central, que conllevaba la preocupación por un salario justo y suficiente por su trabajo, denunciar los abusos patronales, que ponen en riesgo su salud o vida, el trabajo infantil o aquellos que denigren a la mujer, y toda forma de fraude a sus ahorros o cargas de impuestos injustas, y apoyar y animar su derecho a la organización (de Kerval, 1915, pp. 13-16).

En el establecimiento de obras sociales las secciones femeninas fueron activas, aunque siempre bajo la dirección de los consejos de varones y los rectores de las VOT. Era posible verlas organizando talleres de costura para apoyar las misiones entre los mapuches, por ejemplo, en la VOT capuchina de Santiago (Editores, 1914c, pp. 3-4); en Chillán las hermanas terceras preparaban para la primera comunión a niños menesterosos, otorgándoles catequesis y vestuario para la celebración, y repartían ropa en la cárcel (Editores, 1908b, p. 149; Lagos, 1910, p. 529); y en Talca en 1924, la fraternidad laical solicitó al gobierno de los frailes en Santiago una parte de los terrenos del convento para construir una escuela de hombres que sería administrada por esta institución, solicitud realizada por la ministra Marina Barros de Munita («Acta Definitorio 21/07/1924», 1921–1930, p. 132; El Convento franciscano de Talca, 2002, p. 35). En 1925, los frailes dieron su respuesta favorable («Acta Definitorio 22/10/1925», 1921–1930, p. 161).

Pero, fueros las laicas franciscanas del Convento de San Francisco de Alameda, quienes dejaron la mayor cantidad de huellas de sus esfuerzos por encarnar el ideal de su institución. Se destacaban mujeres como Amalia Errázuriz de Subercaseaux (1860-1930), ministra de la sección femenina de la VOT en 1908 (Editores, 1908a, p. 156). Ella fue una promotora de diversas obras religiosas y de la acción social católica, benefactora de las Hermanas Franciscanas de María, creadora de la Liga de Damas Chilenas, del Instituto Femenino de Estudios Superiores y tuvo una protagónica participación en el I Congreso Femenino Católico (1918) y en el Congreso Eucarístico de 1922 (B. Díaz, 1930, pp. 140-141; Aliaga, 2006; García Ahumada, s. f., pp. 80-85). Melesia Eyzaguirre de Tocornal, consejera en 1908 (Editores, 1908a, p. 156), y Luisa Donoso fueron parte de la directiva del Pan de San Antonio en 1898 (Editores, 1898a, p. 259); Pastora Varas de Collao y Filomena Salas Errázuriz crearon la Sociedad de Labor de San Antonio, en 1915, con la finalidad de confeccionar ropa a los obreros residentes en el Patronato de San Antonio (Editores, 1915c, p. 613); y Virginia Rodríguez de Guilisasti, quien era presidenta de la Congregación del Corazón de Jesús, en 1914 (Editores, 1914a, p. 236). Por nombrar algunas hermanas terceras destacadas.

El apostolado social de estas laicas franciscanas tuvo su principal desarrollo en el Patronato de San Antonio. El 20 de diciembre de 1909, en reunión ordinaria del Consejo de varones de la VOT con su rector, se acordó la fundación de una librería, de una biblioteca de la Orden Tercera y una escuela en algún barrio santiaguino (Editores, 1909). El último acuerdo, probablemente, hacía referencia a la necesidad de trasladar la antigua escuela de varones existente en el Convento de San Francisco de la Alameda desde 1885 (Lagos, 1910). Sin embargo, la donación de Pedro Fernández Concha, una chacra denominada “El Carmen” permitió el establecimiento de un conjunto de obras que superaron la propuesta inicial (D. Álvarez & Álvarez, 1931, pp. 42-44). Desde las coordenadas de la época, el Patronato de San Antonio era entendida como una obra integral, asumía y reconocía la situación deplorable de la clase obrera y buscaba darle una satisfactoria respuesta desde una dimensión evangelizadora y social. Hacia 1935, esta obra contemplaba un templo, 54 viviendas sociales, un policlínico, un centro social y dos escuelas (Álvarez, 1936).

La labor del laicado femenino franciscano en esta obra estuvo unida a la administración y gestión, principalmente, de las escuelas y del área salud. Las escuelas del Patronato de San Antonio estuvieron vinculadas desde su inicio a las sección femenina, pues antes de sus fundaciones, ellas se hacían cargo de la infancia del sector por medio de la catequesis (Fuenzalida, 1913). La escuela de varones, inaugurada en 1914, dependía del consejo femenino de esta VOT, éste confiaba las gestiones del colegio a alguna de las hermanas consejeras, por ejemplo, en 1915, las hermanas Lía Ovalle de Errázuriz y Ana Cruchaga de Hurtado, madre de San Alberto Hurtado, realizaron gestiones exitosas para obtener subvenciones ante el Consejo Diocesano de Instrucción y el gobierno civil (Editores, 1915c). A partir de 1919, al constituirse un nuevo consejo, en este se incluía el oficio de Visitadoras de escuela (Editores, 1919a), las dos primeras designadas fueron Corina Castillo de Fernández y María Guilisasti de Urrejola; posteriormente, ostentaron este oficio las terceras, Ana Cruchaga de Hurtado, Amelia Edwards R. y Domitila Alemany Sánchez (Editores, 1929a).

En el caso de la escuela Santa Isabel, fundada en 1916, ella fue administrada por organizaciones femeninas de hermanas de la VOT del Convento de San Francisco de la Alameda (M. Díaz, 1916). Éstas tenían como finalidad la mejora de las obras del Patronato de San Antonio: Sociedad del Catecismo, Sociedad del Bazar y, particularmente, de la Sociedad de Labor de San Antonio. Esta última nombraba visitadoras para la escuela (Editores, 1917). Esta institución mantuvo el cuidado de la escuela de niñas hasta 1928 (Editores, 1928a), aunque ella continuó funcionando en el Convento de San Francisco de la Alameda y realizando acciones sociales en el Patronato (Editores, 1931a, p. 338).

En 1929, el consejo femenino de la VOT nombraba visitadora de la escuela de niñas a la tercera Ana Cruchaga de Hurtado (Editores, 1929b). Fray Luis Orellana, rector de la VOT del Convento, en 1929, inició la búsqueda de alguna comunidad de religiosas para la custodia de la escuela de niñas, las primeras fueron las Religiosas Adoratrices. Ellas se hicieron cargo de esta escuela Santa Isabel a partir de 1930 (Editores, 1930, 1931b; Alcover, 1978). Finalmente, en 1934, arribaron a la escuela Santa Isabel de Hungría, las religiosas Franciscanas Terciarias de la Inmaculada, inicialmente con siete religiosas (Alcover, 1978).

En el proyecto del Patronato de San Antonio, los colegios fueron obras prioritarias, de las primeras en ser construidas e inauguradas y hacia 1927, se informaba que la capacidad de matrícula de estas estaba sobrepasada por la demanda de familias que deseaban educar allí a sus hijos (Editores, 1927a).

En cuanto a los centros de salud en el Patronato, un primer policlínico se inauguró el 24 de julio de 1927 (Editores, 1927b). El cual fue reemplazado por la construcción de una nueva dependencia en el Patronato de San Antonio. Este fue nombrado en honor a José Pedro Alessandri (1864-1923) (de Ramón, 1999). Su esposa, Julia Altamirano, era miembro de la VOT del Convento de San Francisco de la Alameda y junto a sus hijos financiaron la implementación del edificio, hall de espera, sala de administración y salón para atención dental, cirugía general, vacunatorio, rayos X y farmacia. Inaugurado el 28 de abril de 1929, tenía una directora y cuatro ayudantes para la atención de los beneficiarios (Editores, 1929c). Entre 1923 y 1928 fueron realizadas 10.794 atenciones de salud, principalmente, en el ámbito de inyecciones, pediatría y maternidad (Álvarez & Álvarez, 1931).

La labor de las laicas franciscanas tuvo un doble reconocimiento, primero, su presencia en favor del mundo obrero fue, probablemente, una de las razones que impulsó al Arzobispado de Santiago a proclamar a San Francisco de Asís patrono de la Acción Social Arzobispal en 1922 (P. A. de M., 1922; Editores, 1922). Y, en 1927, diversas de sus obras fueron destacadas en una obra conmemorativa de los logros de la mujer desde su incorporación a la educación superior en Chile (Actividades femeninas en Chile, 1928).

¿Y, la mujer obrera?

En cuanto a la mujer obrera, no hay en los escritos de laicas franciscanas menciones a ellas desde los cuales se pudiera inferir su opinión sobre las condiciones familiares, laborales o sociales. La esposa o la hija obrera eran beneficiarias de la acción social franciscana, pero son incipientes las iniciativas en las que pudieran ser protagonistas de los procesos de cambios, se entiende que su destino es el de su esposo o su padre, y que en la medida en que la caridad cristiana subsidie la educación, la salud o la vivienda se generarían las soluciones a sus males económicos y morales. Postura que era difundida por los religiosos de la Primera Orden Franciscana (Bustos, 1911b).

Fray Pedro Bustos, franciscano y doctor en filosofía, desde su reflexión daba el marco para comprender que se esperaba de la mujer del obrero. La compañera ideal de éste debía ser:

1°. que la joven sea cristiana derecha; porque así podrán contar Uds. Con el amor de la esposa para toda la vida; 2°. que sea sana en el ánimo, es decir: de buen criterio y juicio; prudente económica e industriosa en ayudar a su marido en el gobierno de la casa; porque las de mollera huera y las flojas no sirven más que para dar con su casa patas arriba; y 3°. que sea sana de cuerpo. (Bustos, 1916, p. 401)

Este autor destacaba la cualidad de buena administradora de la mujer (Bustos, 1911a), en su condición de esposa y madre:

Una mujer industriosa, prolija y previsora, tiene infinitos medios de economizar. Paren mientes en ello las madres y las esposas. La mujer que con peso y medida ordena y conserva los utensilios de su casa, que en tiempo oportuno asea, compone y remienda los vestidos de sus hijos y que con tino y prudencia observa y amonesta a su marido cuanto reputa enderezado a economizar dinero, tiene en sus manos un rico caudal (Bustos, 1914, p. 10).

Una mujer con esas características, irradiaría con su ejemplo a sus vecinos y mejoraría las condiciones de su comunidad barrial (Bustos, 1914). Prepararla para este ideal era la meta del proyecto educativo femenino, por ejemplo, en la Escuela Santa Isabel de Hungría, que en sus planes de estudió incorporaba un área técnica, “un taller de labor, en donde las niñas aprenden a ganar su vida” (Editores, 1919b, p. 548, 1920c, p. 351), y confeccionaba lencería, modas y bordados (Editores, 1925, p. 7, 1928a, p. 73; Actividades femeninas en Chile, 1928, pp. 366-367).

Y, en el Patronato de san Antonio, para las viudas, mujeres abandonadas e invalidas sin techo, se construyeron viviendas y se creó un taller para apoyar su mantención, las cuales fueron inauguradas en 1935 (Díaz de Díaz, 1936, p. 65).

En el mismo Patronato de San Antonio era posible encontrar otra constante en el apoyo a la mujer obrera, la asociatividad católica. La primera de ellas fue la VOT del Patronato, fundada en 1913, en la cual ingresaron los primeros 85 hermanos, 21 varones y 64 mujeres, y que fue creciendo, en agosto de 1913 eran ya ciento veinticinco terceros, cien damas y 25 varones (Fuenzalida, 1913, p. 247; Editores, 1915a, p. 19, 1915b, p. 273). A ella se sumaron otras, Sociedad Hijas de María de Lourdes (Editores, 1929d, pp. 47-48); Sociedad del Sagrado Corazón (Editores, 1927c, p. 227); Conferencia de San Vicente sede Patronato de San Antonio, sección masculina y femenina (Editores, 1927b, p. 317), Juventud Católica Femenina (Editores, 1927d, pp. 519-520); Tienda “La Abeja”, “donde las madres que lo necesitan venden costuras y confecciones a precios razonables” (Editores, 1928b, p. 371); y, las sociedades responsables del catecismo (Editores, 1927e, p. 69). La organización social y pastoral del Patronato significó no sólo una mejora material de las familias beneficiadas sino mejoró las condiciones de todo el barrio circundante.

Conclusiones

Las mujeres franciscanas fueron protagonistas de la acción social desde la institucionalidad, las orientaciones y las propuestas de la Iglesia, se insertaron así en el movimiento en defensa de los obreros bajo el liderazgo de clérigos y religiosos. La labor femenina se caracterizó por no diferenciar en sus objetivos a religiosas y laicas, y tuvo como principal beneficiaria a la familia proletaria, a quién desde el subsidio habitacional, educativo y de salubridad de la caridad católica buscaba mejorar sus condiciones sociales y morales, en esta tarea la preocupación por la mujer vulnerable era prioritaria.

La acción social femenina se desarrolló desde la asociación de fieles, prioritariamente desde la VOT, organización promovida desde las altas esferas de la Iglesia, y bajo la rectoría de la Primera Orden. Las secciones femeninas estaban en dependencia del consejo de varones y su rector religioso, sin embargo, en su labor social se movían libremente gestionando nuevas organizaciones y obras. Y, su liderazgo no se redujo a la acción social, fueron ellas las que reflexionaron la reformas y renovaciones necesarias a sus planes formativos para su organización y abrieron el espacio eclesial a la voz femenina en congresos católicos, hasta allí reservados a varones.

La labor femenina en las obras sociales estuvo unida a la preocupación por los niños, por la salud familiar y por la condición de las mujeres obreras. Las dos primeras pueden ser consideradas como una extensión del cuidado familiar, una tarea considerada femenina, y la última, nos acerca a una solidaridad entre mujeres, pues, ellas eran capaces de entender las limitaciones sociales dadas por el género acrecentadas por la pobreza. Sin embargo, esta estuvo limitada por el contexto cultural, se entendía un valor la acción social de las mujeres de élite, laicas o consagradas, pero no se promovía el mismo protagonismo en la mujer obrera, se esperaba y preparaba a ésta para los roles tradicionales de esposa, madre o hija. Una apertura posible se daba en la asociación femenina católica en entorno proletario, la cual reproducía entre vecinos los cuidados y solidaridad femenina y cambiaba las condiciones de su entorno barrial.

Finalmente, las mujeres en la acción social franciscana son un eslabón en la historia del feminismo, en la lucha por ir cooptando los espacios sociales y culturales que se van abriendo en favor de la presencia y la labor femenina, en ir rompiendo los silencios frente al protagonismo femenino en la sociedad y en descubrir la unión en la diversidad de la causa femenina.

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1 Las primeras religiosas de vida activa en Chile fueron las Hermanas de Jesús y María, 1834. A partir de allí se sumarán nuevas comunidades femeninas y masculinas a la Iglesia Chilena, entre 1832-1931, 62 (Aliaga, 2012, pp. 180-187) En el caso de las Congregaciones femeninas de vida activa, vinieron a Chile, principalmente, desde Francia (Langlois, 1984; de Maeyer, Leplae, & Schmiedl, 2004; Aliaga, 2003; González Errázuriz, 2011).