Narrativas epistémicas en torno a las maternidades desde los feminismos1

Narrativas epistêmicas feministas em torno das maternidades

Resumen

El presente artículo se propone desentrañar los sentidos hegemónicos del modelo materno, para pensar cómo desde los feminismos venimos construyendo nuevas narrativas. Parto de una discusión epistemológica de los debates torno a los roles maternos para pensar cómo las enunciaciones de las luchas feministas aportan fisuras a la imagen normalizada de la maternidad. Lo hago en especial desde el análisis de fragmentos de las proclamas de las marchas anuales del 8 de marzo Montevideano. Este trabajo se enmarca en los avances de la tesis de maestría que tiene como objetivo interpelar la construcción de las maternidades desde los feminismos. Los fragmentos de entrevistas son parte del trabajo de campo desplegado en la investigación.

Palabras claves: feminismos, maternidades, epistemologia feminista

Resumo

Neste artigo busco compreender os sentidos hegemônicos do modelo materno para refletir como novas narrativas vem sendo contruídas a partir dos feminismos. Desde uma discussão epistomológica dos debates sobre os papéis maternais me pergunto como as enunciações das lutas feministas contribuem para repensar a imagem normalizada da maternidade. Lo analizo especialmente a partir de fragmentos das proclamas das marchas anuais do 8 de março de Montevidéu.

Este trabalho é parte do desenvolvimento da dissertação de mestrado, cujo campo temático é questionar a construção da maternidade a partir dos feminismos. Os fragmentos de entrevistas fazem parte do trabalho de campo realizado na investigação.

Palavras chaves: feminismos, maternidades, epistemología feminista

Introducción

La reproducción de la especie humana es una práctica inherente a nuestra existencia como sociedad. La forma en que se da el proceso de los cuidados y los vínculos establecidos entre lxs niñxs y lxs genitores-cuidadores, es resultado de una construcción social y posee rasgos particulares de cada cultura. Sin embargo, me pregunto qué trazos patriarcales podemos identificar en las formas de vivir las maternidades. Me interesa partir de nuestra realidad latinoamericana para comprender las imágenes que se nos pasan por la mente cuando evocamos las tareas que involucran los cuidados en el ejercicio del maternaje. En general estas imágenes son habitadas por nuestras madres, abuelas, tías, hermanas y amigas cuidándonos; por mujeres en trabajos informales con sus hijxs a upa; por niñeras conduciendo a coches en las calles y parques. La insistencia de la presencia de la mujer cumpliendo este rol no es mera casualidad. El patriarcado ha asentado sus bases en dicotomías jerarquizadas: público sobre lo personal, cultura sobre naturaleza, mente sobre cuerpo, razón sobre emoción, donde la labor femenina ha habitado la esfera débil, poco valorada socialmente del mundo privado.

Las marcas del colonialismo siguen operando en la construcción de nuestra historia latinoamericana. Uno de los movimientos ha sido homogeneizar la experiencia materna invisibilizando y-o menospreciando una diversidad de modos de maternajes que podemos ver en el sur global, donde los cuidados colectivos, comunitarios y de familia monoparentales y extensas coexisten al modelo de la familia nuclear, característica de las clases medias y altas de los centros urbanos. Las luchas populares atravesadas por la intersección entre raza, clase y género, son lugares fértiles para visibilizar la heterogeneidad de las maternidades más allá de lo ideal estandarizado, de lo que se espera socialmente de una “familia equilibrada y-o bien sucedida”. Partiendo de esta base, pensemos en maternidades múltiples que habitan la modernidad (Márgara, 2011), aunque haya formas que persisten con fuerza en el imaginario colectivo social.

Teniendo en cuenta esta diversidad, me interesa desentrañar los sentidos hegemónicos del modelo materno, para pensar cómo desde los feminismos venimos construyendo nuevas narrativas. El texto está compuesto por dos apartados centrales. En el primero me centro en una discusión teórico-epistemológica en torno a los roles maternos y el lugar que la figura femenina ha ocupado desde un punto de vista histórico. En el segundo apartado tomo el caso de las marchas anuales del 8 de marzo realizadas en Montevideo para pensar cómo sus enunciaciones vienen aportando fisuras a la imagen normalizada de la maternidad. Lo hago desde el análisis de fragmentos de las proclamas del 8M de los años 2019 a 2021. Este trabajo se enmarca en los avances de la tesis de maestría que tiene como objetivo interpelar la construcción de las maternidades desde los feminismos. Los fragmentos de entrevistas utilizados en el segundo apartado son parte del trabajo de campo desplegado en la investigación. He realizado entrevistas en profundidad a mujeres feministas que se convirtieron en madres en los últimos ocho años.

Maternidad patriarcal capitalista

Podemos comprender la narrativa hegemónica como una de las facetas de la colonialidad (Segato, 2018; Márgara, 2011) que sigue vigente y lo revive. Se trata de una mirada parcial de la realidad, aunque se enuncie desde su totalidad. Las narrativas totalizantes son uno de los atributos del conocimiento androcéntrico, que reitera una «visión universal y objetiva del mundo» del sujeto universal masculinizado. La generalización refuerza la idea de una realidad única ignorando las distintas formas de habitar el mundo. Esta mirada androcéntrica sobre la realidad se legitima tanto por las instituciones, como por los adjetivos asignados históricamente que diferencian las mujeres de los varones:

Las propias instituciones que estos varones crean, legitiman y justifican la falta de condiciones indispensables del resto de los sujetos para participar en ellas: nos niegan racionalidad, capacidad lógica, abstracción, universalización, objetividad, y nos atribuyen condiciones a las que les restan valor epistémico: subjetividad, singularidad, narratividad (Maffia, 2007, p. 02)

La imagen de la madre encarna perfectamente a lo descrito por Maffia, se le niega cualquier trazo dotado de razón objetiva y se le atribuye toda la carga emocional para sostener la crianza de sus hijxs. En el pensamiento filosófico de la cultura occidental, la maternidad ha sido utilizada como un fuerte argumento para justificar las diferencias entre las funciones sociales de las mujeres y los varones.

Se trata de una valoración de la realidad mediada por el sujeto cognoscente que tiene al Hombre como referencia, o sea, a partir de la experiencia masculina del mundo se interpreta y se crean significaciones a la realidad. Desde esta perspectiva, la diferencia sexual ha sido tomada como una clave interpretativa para comprender la sociedad. En ese sentido la teoría se construye teniendo como respaldo la asimetría sexual. Se trata de trazos androcéntricos de la producción de conocimiento, tema que pasa a ser un eje de la epistemología feminista a partir de los 70’ que tiene por objetivo develar sus aspectos sexistas (Haraway, 1995; Harding, 1996; Maffia, 2007).

Las pensadoras feministas hacen un esfuerzo por problematizar la epistemología como un campo en disputa y no neutral. Plantean que el proyecto de la ciencia moderna nace de la explicación sexual como parámetro para comprender la sociedad, donde el sujeto varón blanco (propietario) es el medidor, invisibilizando así identidades minoritarias atravesadas por otras intersecciones de clase, raza, sexo (Harding, 1996). Maffia (2007) recupera en su estudio pensadores de la antigüedad, como Aristóteles y Platón para comprender cómo desde el «destino anatómico, se funda un destino social»:

Para Platón la mujer no posee alma racional y queda ubicada en la mera concupiscencia (puesto que su esencia es el útero), es un hombre castigado, defectuoso, en falta; y la anatomía es un destino divino e inapelable. Para Aristóteles el goce femenino en el acto sexual deviene superfluo, la mujer es sólo un recipiente del semen masculino (mujer-vaso), y su diferencia es negada (dos úteros). Estas afirmaciones no se apoyan en el progreso de la anatomía o en el mejor conocimiento del cuerpo humano: su discurso es ideológico. (p. 06)

Teniendo como referencia el cuerpo masculino, lo femenino es comprendido desde lo que le hace falta. La metáfora de la mujer-vasija es recurrente para objetivar el cuerpo femenino como receptor del sujeto activo y concebir la procreación de la especie.

El pensamiento ilustrado de siglos posteriores refuerza la naturalización de la maternidad como el destino factible de las mujeres: «Decís que no siempre las mujeres están encintas. No, más su destino es estarlo (...) ¿Deja por eso de ser el estado de la mujer el de madre? ¿Y no deben afianzar este estado con leyes generales las costumbres y la naturaleza?» (citado en Alejandra Ciriza, 1999). En su discurso iluminista, el filósofo Jean-Jacques Rousseau utiliza la separación naturaleza-cultura como argumento central para justificar destinos desiguales entre mujeres y varones. Ciriza plantea cómo Mary Wollstonecraft, escritora y filósofa contemporánea a Rousseau, lo contesta trabajando la dicotomía cultura-naturaleza en términos de desigualdad política. Argumenta que las ideas de igualdad que circulaban en su contexto histórico se asientan a base de privilegios y discute la necesidad de una educación que capacite intelectualmente a las mujeres, más que las domestique como amas de casa. Mary Wollstonecraft aborda temas que desde los feminismos seguirán siendo importantes claves de debate.

Harding (1996) llama la atención sobre la necesidad de pensar en cómo escribir la historia contextualizando a lxs sujetxs cognoscentes que producen conocimiento, desvelando así la multiplicidad de perspectivas. Aborda cómo el género de lxs investigadores influencia en la interpretación de los resultados de las investigaciones, aspecto que pone en juego el supuesto de la objetividad y neutralidad científica. En el ejemplo anterior Rousseau y Mary Wollstonecraft, comparten al mismo contexto histórico, pero narran distintas perspectivas de la realidad. La ciencia sexista patriarcal da cuenta de invisibilizar una versión sobre la otra. Sin embargo, los estudios feministas dan voz y recuperan a estas miradas que han sido menospreciadas en su tiempo. Las epistemólogas feministas dan vuelta a la idea de neutralidad, sosteniendo la mirada parcial como un privilegio epistémico que enriquece la comprensión de la realidad. La formulación del argumento de Mary Wollstonecraft es posible por su perspectiva crítica ante su condición de mujer que no accede a los mismos privilegios que Rousseau. Se trata de un punto de vista vinculado a determinado posicionamiento social que le posibilita conocer y crear conocimiento (Harding, 1996).

La consolidación de la ciencia moderna ha construido un modelo de mujer predeterminado, dando evidencia científica a los prejuicios religiosos de inferioridad femenina. El discurso sexista de la ciencia buscó comprobar que la mujer era inferior valiéndose de estudios de la “endocrinología y de la craneología, así como los derivados de los postulados evolucionistas” (Nerea, 2001, p. 65), que estuvieron anclados en los atributos físicos y diferencias biológicas entre los sexos. Justificando así la ausencia de la mujer en los espacios científicos, profesionales y dificultando su acceso a la educación, “la ciencia se convirtió en la forma de conocimiento más autorizada para explicar, justificar y perpetuar la supremacía masculina en todos los niveles de la vida social” (Nerea, 2001, p. 55).

La ciencia positivista de carácter evolucionista vigente en el siglo XIX marca un modelo de teoría del conocimiento sostenido por las categorías del empirismo, neutralidad, objetividad, realismo y documentalismo. Estos supuestos metodológicos dinamizan una producción de conocimiento que sigue teniendo influencia en algunas áreas, sobre todo en la ciencias biológicas y exactas.

La mediación patriarcal (Gutiérrez, Sosa e Itandehui, 2019) entre las instituciones sostiene alianzas entre pensamiento científico y Estado en diversos hitos históricos. La idea de progreso explícita por la ciencia moderna sirvió para legitimar los procesos políticos de los países centrales, ubicándolos como ejemplo que las naciones periféricas debían seguir. La consolidación de los Estados Nacionales en Europa se convierte en un momento en el cual hay cierto interés por la reducción de la mortalidad infantil y aumento de la población, como forma de dinamizar la economía. En este proceso, el discurso por la función materna gana fuerza, así como la individualización de las labores de cuidados antes compartidos. La exclusividad a la dedicación femenina y la moralización respecto a las prácticas de crianza adquiere centralidad:

El fantasma del despoblamiento se exorciza mediante el legado sobre las responsabilidades de las mujeres en cuanto madre, pues son las mujeres las que ‘hacen’ la nación (Stolcke, 1992). Ya no se considerará la muerte infantil ni como designio divino ni como fatalidad: la mortalidad infantil tendrá unos culpables directos que serán la falta de atención materna y las malas costumbres de crianza. (Imaz, 2010, p. 37)

Ocupando el rol protagónico como amas de casa en el modelo de la familia nuclear burguesa, el gran aporte femenino se centra en proveer y cuidar de hijxs para la patria. La idea de mala madre aparece como adjetivo de las madres que fallan en las tareas esperadas. La familia nuclear se consolida como una forma de vivir en sociedad que atribuye lugares específicos de actuación para cada integrante. La educación formal (la separación de la femenina y la masculina) contribuyó para la formación de mujeres destinadas a la maternidad en detrimento de su formación en cuanto individuo. Con la valorización de la maternidad, muchas mujeres la viven como una realización personal, una actividad que pasa a considerarse útil y honrosa (Imaz, 2010).

Siguiendo a Badinter (1991) el mito del amor maternal es fundamental para reforzar el rol de la mujer como responsable por los cuidados y educación de los hijos. La consolidación social del instinto maternal se da a la vez que se revalora la infancia como un periodo de vida importante de lxs niñxs. El discurso médico opera como modo disciplinador de las prácticas maternales, que ha definido normas y padrones de los cuidados infantiles. Las ciencias médicas han actuado con fórmulas descriptivas del cuerpo humano que han influido en la construcción subjetiva de lxs individuos: «sobre todo en las ciencias biomédicas nos han dicho cómo ser, cómo gozar, cómo parir, cómo sentir, cómo (no) pensar, cómo enfermar y cómo morir. Todavía hoy nos cuesta vincularnos con nuestro cuerpo sin su mediación» (Maffia, 2007, p. 04).

La ciencia moderna se funda en la exclusión de las mujeres y de sus prácticas. Ocupamos el lugar de objeto de la ciencia mucho antes de poder acceder al lugar de investigadoras (Blázquez, 2008; Maffia, 2007). Uno de los efectos de la medicalización de nuestras vidas ha sido un proceso de alejamiento del conocimiento de nuestros propios cuerpos. Los saberes en torno a la reproducción y sexualidad (interrupción del embarazo, parto, lactancia, etc.) que tradicionalmente han circulado entre y por los linajes femeninos, han sufrido una fuerte normalización médica. En algunos períodos mujeres sufrieron persecución por ejercer este tipo de actividades fuera de la supervisión institucional (Blázquez, 2008; Federici, 2017). Este proceso de corte en la transmisión oral de un conocimiento específico, generó un desplazamiento de las mujeres que ocuparon históricamente un lugar activo, para un rol pasivo, donde opera una desconexión con el cuerpo. Un ejemplo claro es la naturalización de procedimientos quirúrgicos (cesáreas) para partos sin complicaciones, muchas veces solicitados por las propias mujeres, por el simple hecho de no sentirse capaz de parir y por los miedos que giran en torno al parto.

Sin embargo, en Latinoamérica la realidad es diversa. Cuando nos referimos a territorios con fuerte presencia de culturas originarias o de comunidades menos globalizadas, es posible ver la permanencia de las mujeres como protagonistas en las tareas de atención al embarazo de las otras integrantes de la comunidad. Gargallo (2010) nos llama la atención por el carácter múltiple de lxs sujetxs politicxs de los feminismos, sobre todo cuando miramos desde el sur global. La perspectiva crítica, nos desafía al ejercicio constante de no reforzar una narrativa hegemónica del pensamiento feminista eurocentrado, sería una contradicción reproducir las criticas elaboradas hacia la narrativa patriarcal.

Situando la pregunta de cómo los mandatos en torno a la cuestión materna se han reflejado en Latinoamérica, especialmente en el Río de la Plata, es interesante hacer referencia al estudio de Inés Cuadro. La investigadora aborda la cultura política feminista de inicios del siglo XX y la repercusión que tuvo en la prensa local la charla del sociólogo italiano socialista, Enrico Ferri en 1908 en su visita a Montevideo, Uruguay. Tras su conferencia, publican en el diario «El liberal» una nota donde dejan explícitos los valores morales de la época avalados por la voz de la ciencia:

Según Ferri la inferioridad orgánica de la mujer con relación al hombre, reconoce por suprema y única causa la misión de la maternidad que aquella ejerce. Tal misión es en la mujer la suprema, reguladora de todo el ritmo de su vida, a través de la historia. El hombre, como perpetuador de la especie, no tiene más función que la ejercida en el momento de la conjunción sexual. Pero la mujer tiene sobre sí toda la enorme y trascendente carga del embarazo, del parto, de la lactancia, etc. Todas sus energías físicas y morales son absorbidas por esta alta misión. De ahí se deriva toda la compleja psicología femenina. Ferri tuvo una bella frase, lo más hermoso de la noche: “La mujer no puede ser genio porque crea al hombre de genio” (La 5º conferencia de Ferri en el Urquiza. “La mujer como es y cómo será. La maternidad como función suprema y única de la mujer en la sociedad”, El liberal, 10 de septiembre de 1908.)

En sintonía con el imaginario social de la época, Ferri ubica a la maternidad como «misión» de la mujer. De forma paradójica, una misión tan honrosa nos ubica en una relación de inferioridad con el varón y justifica nuestra “incapacidad racional” de pensar “ya que criamos al que piensa”. Tal inferioridad es naturalizada bajo el desgaste que supone la función materna (Cuadro, 2016). La capacidad reproductiva femenina justifica la desigualdad como un factor condicional a la vida que se espera de cualquier mujer. Aunque el determinismo positivista haya tenido gran éxito en su momento, el pensamiento feminista ha sido un permanente motor de resistencia.

El eminente Ferri cree que la mujer es y será física y psíquicamente inferior al hombre, porque posee menos capacidad para la percepción, para la resistencia y la producción. ¿Lo ha demostrado? NO. Él nos habla de la mujer actual, que no es la mujer natural, sino un ente deformado, física y moralmente, por la sociedad en que vive […] ¿La educación que se da a las mujeres es acaso para bien de ellas o para que posean un medio más de entretener en el hogar paterno o en el marital, la monotonía de la vida burguesa? Cierto que la maternidad le produce grandes desgastes físicos y ocupa gran parte de su vida, más el hombre dentro de la familia ¿no tiene cuidados?” (Belén de Sárraga, «Por la mujer», El liberal, 7 de setiembre de 1908).

Belén de Sárraga en contestación a Ferri, plantea el desplazamiento de la condición natural para la condición social, donde la educación es una clave fundamental para liberarse, tal como defendía Mari Wollstonecraft. Ambas desvinculan la analogía directa entre el trazo biológico con el rol social. Belén de Sárraga da un paso más y cuestiona el rol masculino en la crianza y los cuidados. Estas pensadoras feministas manejan argumentos que serán retomados en discusiones a partir de los 50’.

Nuevas epistemologías, nuevas maternidades desde los feminismos

La lucha feminista ha sido un importante motor de reflexión sobre la condición de la mujer en la sociedad. Sacar la voz y enunciar la realidad desde nuestro punto de vista ha sido un ejercicio constante de producción de conocimiento desde la experiencia vital. La vivencia de habitar el mundo desde un cuerpo feminizado es distinta a la del cuerpo masculino; cómo traducirla en conocimiento ha sido un gran aporte de las feministas, cuestionando así el relato hegemónico que invisibiliza experiencias múltiples y contradictorias, no unitarias (López, 2018).

La idea de «ponerse los lentes violetas» es una metáfora muy expresiva para simbolizar que pasamos por un cambio epistémico de comprensión de la realidad cuando nos nutrimos con las claves feministas; es decir, pasamos literalmente a ver situaciones antes invisibilizadas, naturalizadas y simplemente no dichas. La lucha feminista aporta cambios de diversos órdenes, tanto en la vida cotidiana como en la construcción de narrativas sobre la realidad. Nutre la elaboración teórica y enriquece los debates científicos.

La deconstrucción del sujeto universal masculino es resultado de este proceso; las epistemólogas feministas lo cuestionaron y abrieron un torrente de crítica hacia al falogocentrismo científico (Haraway, 1995; Harding, 1987; Bock, 1991). Cuando las mujeres empiezan a tener espacio para hablar por sí mismas enriquecen la mirada sobre la realidad. Sin embargo, no se trata solamente de sumar una versión más, sino de cuestionar las bases mismas sobre cómo se producen estas realidades.

Como contracara al supuesto de la imparcialidad, desde la perspectiva de la epistemología feminista, se plantea otros postulados que refuerzan la idea de pensar la experiencia como fuente de pensamiento (Harding, 1996; Harstock, 2016; Smith, 2005). Se trata de recuperar la experiencia de la mujer en el mundo del conocimiento y darle un espacio teórico para pensar su elaboración. El desplazamiento de la mirada hacia una experiencia encarnada nos posibilita abrir nuevas preguntas (Haraway, 1995). Tal como se ha mencionado anteriormente, el lugar subordinado gana un carácter de privilegio epistémico por permitir visualizar otros ángulos y responder ciertas condiciones invisibilizadas desde una mirada patriarcal. Es necesario una conciencia crítica para no caer en la reificación de la mujer y reforzar esencialismos. Las investigaciones encarnadas sirven para explicar y desarmar identidades reificadas ancladas en la mirada cartesiana y dicotómica de la realidad (Haraway, 1995). Al cuestionar la imparcialidad se plantea la condición del sujetx en el mismo plano que el objeto, donde la cocina de la investigación se hace visible:

(…) la investigadora o el investigador se nos presentan no como la voz invisible y anónima de la autoridad, sino como la de un individuo real, histórico, con deseos e intereses particulares y específicos (…) reconocimiento de que las creencias y comportamientos culturales de las investigadoras feministas moldean los resultados de sus análisis tanto como lo hacen los de los investigadores sexistas y androcéntricos. (Harding, 1987, p.07)

Asumir este posicionamiento situado nos permite refinar la reflexión desentrañando distintas capas. El lugar desde donde miramos se conforma en un elemento más que aporta al proceso de investigación, inclusive siendo recurso para ejercitar la reflexividad. Sin embargo, persiste el desafío de no construir otras imágenes hegemónicas, sino seguir desvelando la diversidad. Poner en juego la trayectoria de las mujeres negras ha sido central para comprender cómo han operado las claves de raza, clase y género y desarticular la narrativa del feminismo blanco centrado. Las condiciones políticas y económicas son significativas para entender las experiencias de mujeres de las comunidades afrodescendientes. Hill Collins (1989) llama la atención sobre cómo algunos valores atribuidos a la «negritud» son muy similares a los atributos «femeninos», o sea, lo «negro» ocupó un lugar de la no razón, de la esfera de los cuidados, tuvieron sus roles sociales definidos a partir de la inferiorización de sus trazos biológicos. Elaborar conocimiento desde un lugar situado y consciente, es una forma de generar herramientas para enfrentarse al papel histórico de subordinación que sufrió la comunidad afrodescendiente (Collins, 1989). De la misma manera podemos tomar esta idea para pensar la potencia que reside en el conocimiento encarnado; comprenderlo como un proceso fértil que nos permite abordar cómo habitamos el mundo y cómo queremos habitarlo, permitiendo desplazarnos de un lugar victimizado para un posicionamiento activo, crítico y propositivo.

Otras preguntas

Desde un lugar situado los feminismos han planteado preguntas claves que han inaugurado nuevas narrativas. La pregunta ¿Qué es una mujer? trabajada por Simone de Beauvoir en los 50’ se convierte en un eje central para comprender por qué las mujeres han ocupado históricamente el lugar del segundo sexo. Me interesa rescatar especialmente su aporte en el debate sobre las maternidades. Simone de Beauvoir es una importante pensadora que desarticula la concepción de la buena madre. Tal como Mari Wollstonecraft y Belén de Sárraga, Beauvoir (2018) denuncia a la maternidad forzosa como un destino femenino impuesto; rechaza el binomio mujer-madre, justificado por los postulados biologizantes. Los rasgos biológicos femeninos son utilizados para naturalizar el rol de la mujer como madre adjudicándose un lugar social. No se trata de una esencia femenina, sino de un conjunto de representaciones simbólicas producidas por la cultura. En la narrativa hegemónica la maternidad ocupa un lugar subalterno, invisible, de poco reconocimiento social; refuerza el lugar de la mujer en la esfera doméstica y en las tareas de los cuidados. La apuesta a la recuperación del control reproductivo es vista por Beauvoir (2018) como una condición fundamental para repensar el vínculo de la mujer con la maternidad desde el ejercicio de la libertad de elegir.

Poner en discusión la maternidad desde experiencias vividas por mujeres feministas ha permitido desvelar sus aspectos ocultos y contradicciones con la narrativa androcéntrica, enunciar sus malestares y sus mandatos. Ha posibilitado también comprender la eficacia de las imágenes que operan en torno a la romantización de los roles maternos y elaborar categorías que permitan nombrar de otra forma estas mismas imágenes. La mitificación de la maternidad está compuesta por diversos factores vinculados al cuerpo femenino, a la lactancia y a los deberes maternales de la crianza (Saletti, 2008). El instinto maternal refuerza el rol de la madre relacionándolo a una conducta bajo principios inmutables y ahistóricos, operando como parte del sistema de la heterosexualidad obligatoria.

Para Rich la heterosexualidad es una institución política que es obligatoria para las mujeres. Se ha expresado a través de la historia a través del cinturón de castidad, el matrimonio infantil, la erradicación de la existencia lesbiana, la idealización del amor y el matrimonio heterosexual, la clitoridectomía (…) Desde esa institución las mujeres han sido convencidas que el matrimonio y la opción sexual hacia los hombres son componentes inevitables de sus vidas aunque sean insatisfactorios u opresivos. (Curriel, s.f, p. 12)

Funciona como una práctica que actúa sobre el cuerpo femenino y está institucionalizada por una serie de costumbres relacionándola a un régimen político (Curiel, s/f). Rich (citado en Curriel, s/f) cuestionó la ausencia de la crítica en el interior del movimiento feminista hacia el deseo naturalizado de las mujeres hacia a los hombres, lo que fortalece el sistema de la heterosexualidad obligatoria. En el ámbito del trabajo también genera importantes implicaciones, como la doble jornada y la división sexual del trabajo, asignando a las mujeres los puestos inferiores cuando se compara con los varones. Wittig (citado en Curriel, s/f). plantea la diferencia sexual como base que sostiene la heterosexualidad obligatoria, se naturaliza ese rasgo biológico para definir las conductas culturales entre los seres humanos. La institución “casamiento” concreta el contrato por lo cual la mujer pasa a “pertenecer a su marido” y seguir una serie de conductas pertinentes a su posición. Las mujeres que no están vinculadas a un matrimonio igual viven bajo una regla social masculinizada, donde están “disponibles” para los varones (Curiel, s/f, p. 14).

Retomando los aportes del feminismo negro y descolonial, otra pregunta relevante ha sido pensar cómo estos mandatos operaron desde la interseccionalidad (Crenshaw, 2012) y desde el sur global. Lo ideal de la femineidad, la romantización de la maternidad y la heterosexualidad obligatoria atravesaron de forma distinta a los cuerpos de las mujeres negras, de las mujeres de las camadas populares y de las mujeres de comunidades originarias. La triada patriarcado-colonialismo-capitalismo ha dejado marcas en la memoria de estas trayectorias: cuerpos productoras de hijxs para mano de obra esclava y servil -sin tener derecho a ejercer su propia maternidad-; cuerpos violados junto a la apropiación de las tierras de otros continentes; cuerpos productoras de hijxs para el sistema fabril; cuerpos tratados como objetos y máquinas. Son cuerpos que no se encuadran dentro de los parámetros del sexo débil. El trabajo forzado y explotado exigió cuerpos aptos y fuertes (Gargallo, 2010). Además de los cuidados de sus propios hijxs, ha sido frecuente ocuparse de lxs hijxs de sus amxs y/o empleadorxs. Estas memorias cobran consecuencias en la actualidad, los feminismos aportan en señalar dónde están los límites de algunas categorías para comprender la diversidad de la historia de las mujeres y cómo algunos ejes de dominación históricos siguen operando.

La individualización de los cuidados y la familia nuclear tampoco se expresarán de la misma manera. En la actualidad, podemos ver que las redes de cuidados y la composición familiar de las comunidades negras, originarias y de las camadas populares, son más extendidas y hay más plásticidad, permitiendo distintas composiciones, donde lo maternal se expresa más allá del vínculo biológico.

Los claro-oscuros de las ambivalencias de los maternajes

Otra pregunta clave de los feminismos hacia el rol maternal ha sido la ruptura con una mirada binaria para explorar las ambivalencias que se despliegan en la experiencia de la maternidad, yendo más allá de los aspectos subordinados ya conocidos. Este desplazamiento ha permitido una suerte de reconciliación con la experiencia materna y de cuidados, dándole nuevos significados desde una perspectiva feminista.

Siguiendo a Nancy Harstock (2016), la experiencia femenina de las clases populares posibilitó romper con la mirada dualizada por habitar distintas camadas de la realidad. Han sido sujetas políticas que no quedaron circunscritas a la venta de la fuerza de trabajo: han producido objetos y personas a la vez. Para Harstock históricamente la esfera de los cuidados ha proporcionado una experiencia más integral a las mujeres, tanto por generar vida como por garantizar su manutención. Estas actividades diarias generan una conexión entre lo corporal y lo mental muy distinta a la experiencia masculina, que estuvo centrada en los aspectos racionales y concretos que prevalecen en la esfera pública.

La construcción de la masculinidad abstracta se forja en la insistencia por la fragmentación entre lo público-privado, entre dos mundos que se vinculan de forma jerarquizada. Lo ideal masculino se aleja de la esfera doméstica, vista como degradada ante las posibilidades que ofrecen la política y la vida pública (Harstock, 2016). En la experiencia de las mujeres de la clase trabajadora estos dos mundos estuvieron integrados, ya que la venta de la mano de obra ha sido un factor de supervivencia. Es interesante el planteo que sugiere Harstock para pensar la experiencia maternal como un lugar de tránsito entre estos dos mundos. Este autor ubica la maternidad y los cuidados como un lugar de aprendizaje mutuo, donde las tareas requeridas son más complejas que las tareas instrumentales del mundo productivo fabril. Implican la formación de otro ser humano, donde están en juego un ejercicio constante de autoconocimiento, de presentación del mundo, en medio a un ensayo entre conocer los propios límites y de prácticas altruistas.

Estas reflexiones se acercan al giro que propone Adrienne Rich (2018) al diferenciar la institución maternidad de la experiencia de la maternidad:

Me propongo distinguir entre dos significados superpuestos de maternidad: la relación potencial de cualquier mujer con su capacidad de reproducción y con los hijos; y la institución, cuyo objetivo es que este potencial -y todas las mujeres- permanezcan bajo control masculino. (p. 47)

La autora toma la crítica elaborada hacia los mandatos maternales para comprender cómo opera su institucionalización. Se trata de una serie de costumbres, tradiciones, convenciones, creencias, actitudes, reglas, leyes, preceptos, y multitud de otras racionales e irracionales normas sobre cómo cuidar y atender a los niños (Imax, 2010, p. 86). Reflexiona cómo estas representaciones culturales son centrales para el sostén del patriarcado y reviven a otras instituciones sociales.

Por otro lado, ubica la ‘experiencia de la maternidad’ como una retomada del control de la mujer sobre su propio cuerpo y potencial liberación de los mandatos maternales. Rich propone retomar el vínculo madre-hija como forma de trabajar el sentimiento de rechazo de las mujeres hacia el embarazo y hacia su propia madre. Ubica el cuerpo femenino como un lugar generador de conocimiento y de poder creador:

El pensamiento patriarcal ha limitado la biología femenina a sus propias y estrechas especificaciones. La visión feminista se ha apartado de la biología femenina por estas razones; pero creo que debemos considerar nuestro físico como un recurso, en lugar de un destino. A fin de vivir una vida humana plena, no solamente exigimos el control de nuestros cuerpos (…), debemos captar la unidad y resonancia de nuestro cuerpo, nuestro vínculo con el orden natural, el fundamento físico de nuestra inteligencia. (Rich, 2018, p. 81)

Pone centralidad en el cuerpo como potencial vía de acceder a conocimientos femeninos a partir de la recuperación de los vínculos entre mujeres y su transmisión de conocimientos. Se trata de reconstruir la genealogía femenina donde rijan nuevos órdenes simbólicos:

Afirmar que nacemos de mujer se convierte en el principio básico de interpretación de las relaciones entre mujeres, puesto que su vinculación ha sido escindida en el orden simbólico del patriarcado; todos nacemos de mujer, y sin embargo la voz de las mujeres no ha sido escuchada. El aporte de esa postura feminista es el uso político de lo silenciado y censurado: la relación con el cuerpo de la madre. (Saletti, 2008, p. 179)

Se hace una apuesta en recuperar los vínculos entre mujeres como forma de pensar nuevos códigos sociales y prácticas políticas. A partir de Adrienne Rich (2018) se abre una nueva vía de interpretación de la maternidad por los feminismos. Sara Ruddick (1989) plantea la idea de “pensamiento materno” como una práctica de preservación de la vida, lo que vendría a promover la cultura de paz. Ubica el trabajo materno como una fuente de praxis orientado por la no violencia. Así propone una revalorización del trabajo materno como un lugar de creación de formas de relacionarse desde los cuidados y preservación de la vida.

Una pregunta de los feminismos que enriquece este debate fue cuestionar porqué la esfera privada es devaluada si es fundamental para sostener todo lo demás. Se trata de una discusión inicialmente nutrida, sobre todo, por los feminismos marxistas en torno a la división sexual del trabajo y el trabajo doméstico y posteriormente ha sido alimentada por el debate en torno a los cuidados y reproducción de la vida.

Siguiendo a Harstock (2016) las tareas feminizadas resultan importantes contribuciones para la subsistencia humana. La autora se pregunta cómo la división sexual del trabajo impacta en la construcción epistemológica de comprensión del mundo. Como ya se ha mencionado, la masculinidad abstracta ha sido construida de espaldas a la esfera privada; históricamente el varón la ha habitado desde un lugar pasivo, como consumidor de cuidados, afectos, alimentación, aprendizaje. Este lugar le genera una perspectiva corta de la realidad, por no poder verla por completo. Sin embargo, la experiencia femenina que transita por la doble jornada laboral (trabajo productivo y reproductivo) posibilita una mirada hacia la realidad potencialmente más compleja, profunda, integral, entre la esfera pública y privada. Harstock cuestiona la concepción de producción planteada por los marxismos ortodoxos, por ser insuficiente para comprender las tareas reproductivas como trabajo que sostiene la producción socialmente valorada.

Insistir en producir conocimiento desde el tránsito entre la cocina y la fábrica, ha posibilitado crear nuevas narrativas sobre el trabajo. Silvia Federici es una de las referentes en el debate en torno al trabajo reproductivo como sostén de la máquina capitalista. Ha sido una de las impulsoras de la campaña por el «Salario para el Trabajo Doméstico» en los 70’, disputando así la concepción de la categoría trabajo y su aporte para sostener la vida y la esfera productiva: “Decir que queremos un salario por el trabajo doméstico que llevamos a cabo es exponer el hecho de que en sí mismo el trabajo doméstico es dinero para el capital, que el capital ha obtenido y obtiene dinero de lo que cocinamos, sonreímos y follamos” (Federici, 2017, p. 41). En sintonía con Harstock, Federici pone en el centro el debate en torno a la concepción del trabajo. Ambas hacen el esfuerzo por demostrar que las tareas feminizadas son actividades fundamentales e invisibilizadas por la narrativa hegemónica y especialmente entre los marxismos. Si el trabajo reconocido es el remunerado, entonces que se pague por el trabajo doméstico. El salario se ha convertido en un elemento organizador y mediador de las relaciones sociales que segrega y profundiza las desigualdades. La estrategia de reivindicar el salario resulta una herramienta política para visibilizar que las tareas domésticas han sido una actividad laboral gratuita que ha permitido la acumulación del capital y su pleno funcionamiento (Federici, 2017).

La metáfora del iceberg, utilizada por las economistas feministas, es muy útil para comprender que la esfera doméstica está sumergida en aguas profundas, en un lugar donde nadie ve. A la vez, es el lugar de manutención de la vida a través de los cuidados, los afectos, los aprendizajes. De donde salimos alimentadxs, vestidxs y sostenidxs para habitar la punta del iceberg, simbolizada por las hermosas rocas de hielos que descansan sobre el mar. Ahí están los puestos de trabajo, las tareas políticas y la vida pública. El debate en torno a la «sostenibilidad de la vida» (Pérez-Orozco, 2017) plantea la importancia de dislocar la vida para el centro de análisis. El desplazamiento del antagonismo capital-trabajo para capital-vida, posibilita pensar desde la clave de la interdependencia. Pensar todas las tareas necesarias para la manutención de la vida refuerza la ruptura de la dualidad público-privado, entre lo humano y lo no humano, donde los afectos ganan valor político (Osorio-Cabrera, 2018).

La experiencia de las mujeres habitando y sosteniendo la punta y la base del iceberg, nos ha permitido el ejercicio de establecer conexiones y continuidades entre estas dos esferas. Se valora la vida concreta y cotidiana. El ejercicio de la maternidad sería una de las tareas que encarna esta premisa, pues consiste en el primer lugar donde se genera la vida humana, ganando centralidad desde esta perspectiva. Ahí opera un giro en el sentido hegemónico, otorgándole a la maternidad lugar fundamental de manutención de la sostenibilidad de la vida. Más que un honor a la patria se convierte en un lugar político, donde se produce conocimiento y poder. Replantear cómo queremos vivirla sigue siendo una pregunta abierta por los feminismos, nos permite ensayar nuevos vínculos familiares, nuevas formas de crear, nuevas experiencias de maternar y de paternar.

Resonancias de las luchas feministas actuales

En la última década vivimos el desbordar de las luchas feministas2. Los despliegues de las convocatorias del paro del 8M de los últimos años nos dice mucho sobre las dimensiones mundiales que han cobrado. Su contexto actual nos ayuda a comprender cómo se viene abordando de forma integral las dimensiones productiva y reproductiva, politizando así sus prácticas y alimentando la consigna de politizar la vida.

Se puede visualizar un diálogo intergeneracional donde muchas de las claves abiertas por el movimiento en los 70’ son fértiles para comprender lo que nos pasa hoy. Por ejemplo, la consigna “lo personal es político”, acuñada por Carol Hanisch en el contexto del feminismo radical estadounidense (1969), sigue resonando. Romper con la dualidad entre lo público y lo privado y politizar lo que se vive en el mundo reproductivo es una puerta de entrada para conectarse al debate feminista y consecuentemente generar sentidos y nombrar de otra forma lo que nos pasa. Lo micro resuena en lo macro. Se trata de proyectar la transformación social desde nuestras propias vidas cotidianas conectándola a una dimensión estructural desde una perspectiva crítica hacia otros paradigmas de lucha. Ideas que pueden ser transmitidas por consignas recurrentes en algunas marchas o intervenciones feministas: «La revolución empieza en la cama», «Si no puedo bailar tu revolución no me interesa», «La revolución será feminista o no será», «Patriarcado se va a caer, se va a caer». La dimensión privada y personal se ubica como eje transversal hacia una perspectiva de transformación.

Nombremos dos hitos relevantes que me parecen potentes para enmarcar algunas bases de los últimos despliegues de la lucha en la región, que ejemplifican cuando la violencia sufrida de forma individual gana un carácter político desde lo colectivo:

  1. La “Marcha de las putas”3 que tuvo su origen en Canadá en 2011 y se multiplicó por varios países en los años consecutivos, trajo al debate público temas vinculados al uso del cuerpo femenino y la violencia machista. En las marchas las participantes suelen utilizar sus cuerpos como herramientas de protesta, habitando parte de las consignas. A través de la resignificación de la desnudez cuestionan los padrones estéticos, la sexualidad y la identidad de género hegemónica. Otro tema central es desdibujar la palabra puta y significarla entre las participantes como categoría propia, ideas plasmadas por las consignas “mi cuerpo mis reglas”, “sí es sí, no es no”, “soy puta, soy libre”, muy presente en las marchas (Rocha y Veras-Iglesias, 2014). En Latinoamérica, la marcha tuvo un despliegue importante en Brasil, llegando a ser realizada en el año de 2013 en 33 ciudades del país. Resultó ser una suerte de entrada para diversas jóvenes marcando un hito como su primera experiencia política. Tuvo baja resonancia en las movidas feministas contemporáneas de Uruguay, no ha sido una expresión que ha perdurado en los últimos años, teniendo más influencia en Argentina donde se realizaron diversas marchas. Aunque no haya perdurado en el tiempo, me parece relevante mencionarla como un antecedente que abre temas que seguirán profundizándose en los siguientes años.
  2. 2. En la región del Río de la Plata la movida “Ni una Menos”4 que se inicia en Argentina en 2015, tiene más repercusión y se despliega por distintos países latinoamericanos. Enuncian los actos de violencia extrema vivida por las mujeres. Denuncian a los casos de feminicidios5 y generan una trama de cuidado y contención entre mujeres. Tomamos la categoría de entre mujeres trabajada por Mariana Menéndez (2018) para comprender cómo esta red opera en tiempos de rebelión: “el entre mujeres es fuente central de la energía desplegada luego en el espacio público, son relaciones que se han politizado, y que su presencia y valorización implican en sí misma una acción subversiva” (Menéndez, 2018). Esta trama la podemos ver condensada por la consigna “tocan a una, tocan a todas”. La idea del cuerpo común transmitida por la consigna genera una suerte de sentido político que sostiene una trama entre mujeres, politizando la violencia vivida (Gago, 2018).

La marea de denuncia de la violencia hacia a las mujeres se ha plasmado en Uruguay por las acciones de las “alertas feministas”. Se trata de una propuesta que surge en el marco del “Primer Encuentro de Feminismos de Uruguay”6 realizado a fines de 2014, donde también se crea a la Coordinadora de feminismos de Uruguay. A cada feminicidio anunciado se convocaba una alerta desde la Coordinadora. La alerta feminista consiste en una concentración y/o caminata denunciando el feminicidio ocurrido. Han demostrado ser un espacio potente de enunciación de la voz feminista y construcción del entre mujeres desde novedosos lenguajes y estéticas (Grabino y Furtado, 2018). Además de las alertas feministas, la realización del Encuentro proporcionó otras resonancias, impulsando la (re) aproximación de mujeres con los feminismos:

Haber ido al primer encuentro de feminismos, que ahora estoy pensando fue en noviembre del 2014 y empezar un proceso que yo capaz que había hecho sola, como de reconstruirme de a cucharitas y algunas cosas que yo también había empezado en 2013, de cuestionarme cuestiones de mi salud, de la violencia obstétrica, de desear el parto, como cosas más vinculadas a mi autonomía y a mi cuerpo, poderlas pensar con otras (…) eso me llevó de alguna manera a plantearme un montón de cosas que estaban muy lejos de mi esquema de pensamiento, nunca había escuchado hablar de la doble o triple jornada laboral, de los trabajos de reproducción de la vida, entonces fue como que me dio herramientas y claves para pensar lo que yo estaba viviendo en solitario y cómo sobreponerme a eso. (Entrevista a Libertad)

El relato de Libertad es un ejemplo de la relevancia que este tipo de encuentro toma en la vida personal. Resultan espacios de formación que resuenan de forma profunda en la construcción subjetiva de una misma. Este contexto favorece a que algunas claves feministas empiecen a atravesar en distintos ámbitos de la vida de forma más fluida que los años previos. Clarice, por ejemplo, nos comparte algunos aspectos de su proceso de reconocerse y nombrarse feminista, que ha pasado desde su trayectoria laboral y en consonancia con el contexto.

Tratamos de poner en palabras cómo nos habíamos acercado al feminismo, si éramos o no feministas porque o sea como que tuvimos la necesidad de que fuese parte del trabajo y de hecho ahora ta…, es parte de lo que somos pero también tuvimos que explicitarlo en ese momento y ta… no fue casual, 2014/2015, no como todo lo que estaba resonando pero también con la posibilidad de decir no, sí, desde la academia también podemos, (este) el contexto también ayudó pero con otras compañeras (Entrevista a Clarice).

Ha sido un tránsito acompañado por otras, de forma colectiva y en diálogo con el contexto de su tiempo histórico. El proceso de reconocerse feminista no es un hecho que se da de forma aislada, no es como una pieza de ropa que compramos para usar en una marcha. Se trata de un proceso profundo, que actúa desde nuestra subjetividad, donde se interioriza un sentido común a la vez que nos reconocemos desde nuestra trayectoria singular.

Las marchas masivas de los últimos 8M demuestran que hay un sentido compartido que opera, sigue vigente y se desborda en nuevos horizontes de lucha (Gutiérrez, 2015). El llamamiento del Paro Internacional de Mujeres en 2017 en 55 países significó un giro importante de la marcha 8M en la región. Ubicarla como una huelga de mujeres, las disloca del lugar de víctimas (que esperan soluciones estatales) para un lugar de sujetas políticas en lucha (Gago, 2018). Para comprender esta coyuntura nos ayuda el planteo de Verónica Gago (2018) cuando nombra al movimiento feminista actual como un actor global que busca re-inventar nuevas formas de internacionalismo y logra entrelazar múltiples factores: económicos, políticos, materiales y psíquicos.

El paro abrió una dimensión al debate que implica evidenciar los resultados de la ausencia de un cuerpo femenino en la vida cotidiana, es decir, explicitar todos los trabajos productivos y reproductivos necesarios para mantener la vida, invisibilizados y no valorados socialmente (Federici, 2012; Pérez-Orozco, 2017).

La pregunta que plantea Menéndez (2018a) sobre cómo parar, nos es fértil pues hace hincapié en la no homogeneización de las sujetas del paro (típico de un paro sindical del trabajo asalariado), permitiendo salir a la luz las particularidades implícitas de un paro que incluye a las tareas domésticas, revelando su sobrecarga y la soledad en los cuidados. Por otro lado, se abre la posibilidad de ensayar otras formas de participación en el paro a partir de la autoorganización y del sostén de las tramas entre mujeres (Menéndez, 2018a). Esta idea nos trae la dimensión del paro como un proceso y no como un hecho aislado en el tiempo. La presencia de miles de mujeres en la calle por algunas horas es resultado de una construcción permanente de tramas que le dio sentido y generó condiciones materiales y emocionales para que sucediera.

En los años siguientes se amplía la convocatoria y a partir del 2018 se propone la Huelga Feminista. De la idea de huelga podemos inferir la consolidación del planteo del paro de las actividades reproductivas desde una perspectiva colectiva. Se trata de disponerse de tiempo para sí mismas, la idea de juntarse pasa también por visibilizar las distintas violencias que reciben los cuerpos feminizados. Ahí reside un desplazamiento del cuerpo que recibe violencia para el cuerpo que lucha.

Garantizar que se pueda parar durante un día sigue siendo un fuerte eje de debate entre las sujetas que componen la organización de la marcha. Las tensiones residen sobre todo con algunas organizaciones sindicales que se oponen a una paralización total y proponen un paro parcial. El 8M es un lugar de confluencia de la lucha feminista y no está exento de los conflictos que se abren a partir de la convivencia entre diferentes corrientes. De 2015 a 2020 la organización de la movilización en Montevideo venía siendo organizada de forma centralizada a través de la Coordinadora de Feminismos que convocaba plenarias abiertas el mes previo a la marcha.

El año 2021 marca un hito en la organización de la movilización. Por un lado, por la conformación del Tejido Feminista 8M7 que surge desde el espacio de las plenarias abiertas mencionadas. Por otro lado, se abren dos convocatorias: del Tejido Feminista 8M que convoca a marcha por el 18 de julio, avenida central que tradicionalmente es escenario de las marchas políticas y de la Intersocial Feminista8, que propone organizar actividades de forma descentralizada por la ciudad. Ya en el año 2022 coexisten diferentes convocatorias acentuando un movimiento de fragmentación entre las distintas organizaciones feministas involucradas en la organización del 8M. Tanto la previa como la marcha se compone por esas diferentes voces que conforman los feminismos en Montevideo. La marcha sigue siendo de carácter multitudinario y de gran participación de mujeres autoconvocadas. En este trabajo vengo tejiendo, sobre todo, con los relatos que se producen desde la trayectoria de la Coordinadora de Feminismos y posteriormente por el Tejido Feminista.

Me interesa explorar algunos ámbitos que las maternidades vienen ganando en las manifestaciones feministas en Montevideo. En especial en las instancias del 8M, haciendo alusión a las enunciaciones sobre las maternidades en las proclamas.

Para pensar el 8M montevideano, visualicemos la marea violeta que da color a distintas calles de la ciudad. En los últimos años miles de personas se juntan para expresarse y vivir ese rito colectivo que conecta a las distintas generaciones a la vez que construye a las genealogías feministas. La diversidad de expresiones políticas coexiste y pintan los matices reflejados por la voces y mentes de las participantes9. A lo largo de la marcha que se despliega por Montevideo hay una rica puesta en escena que interpela a los valores tradicionales propios de la cultura patriarcal. Es un momento donde la experiencia de los cuerpos feminizados10 en la vida social saca su voz, relatando sus denuncias y perspectivas para la construcción de una otra sociedad. Para las personas que experimentamos ese espacio liminar todos los años, siempre es una experiencia única.

Es un encuentro que señala un antes y un después de ese evento colectivo multitudinario que mantiene ciertos patrones secuenciales, marcados por la caminata con muchas intervenciones artísticas y el cierre con la lectura colectiva de la proclama.

Como ya he mencionado la organización del 8M en Montevideo requiere una fuerte preparación y articulación entre distintos colectivos feministas y personas autoconvocadas. En general se arman distintas comisiones para organizar diferentes ejes de trabajo. Sin embargo, hay una esfera que parte desde lo espontáneo y de las personas autoconvocadas que desbordan a las comisiones, distintas acciones escénicas y performativas confluyen durante la caminata, consolidándose como un motor relevante de la marcha. Las performances políticas pasaron a ser parte su construcción, “la lucha no se vive únicamente como un modo de militancia, sino que el arte le cede un lugar activo a lo político en comunión con otros activistas, y plasma un mensaje atravesado por diversos lenguajes artísticos” (Vidal, 2019, p.40). Vidal autora elaboró un estudio sobre algunas de las performances recurrentes en las marchas de 8M de los últimos años. Aunque centra su análisis en performances llevadas a cabo por tres colectivos feministas, la autora visualiza un crecimiento permanente del número de performers que discuten los estereotipos de mujeres y las violencias de género durante el evento.

Entendemos la marcha como el evento liminar que tiene sus propios ritos que la conducen, que a su vez se compone de múltiples performances que le dan significados y promueven la reflexión sobre lo real y la realidad. En consonancia con Diana Taylor (2011), Rubens Alves (2005) recupera la idea de “transmisión de conocimiento performático” para pensar el intercambio conceptual, de enseñanza y aprendizaje que las performances potencialmente generan con sus interlocutores y público peatón, “si bien las performances en tanto tales no derrocan gobiernos, (...) sí pueden fortalecer las redes y comunidades necesarias para que el cambio social se produzca” (Taylor, 2011, p.121).

Podemos visualizar el impacto que genera en distintos niveles, transitando desde lo micro hacia lo macro en doble sentido. Año tras año las personas que participan de la marcha son afectadas por sus consignas y por su universo de signos, llevando a interpelaciones personales y cambios hacia su vida cotidiana. Para algunas personas, representa un espacio de encuentro, de soltar la voz, de liberar el cuerpo, de demarcar una agenda política; para otras puede ser su primera experiencia de conexión con la lucha feminista.

Maternidades y cuidados en las proclamas

Las repercusiones del 8M tienen distintos reflejos. Los comunicados previos emitidos por la organización y la proclama plasman una serie de discusiones conceptuales y políticas que construyen una narrativa sobre los temas que atraviesan los debates acumulados por las luchas feministas. Los materiales son construidos de forma colectiva a partir de la participación de distintas colectivas en la preparación de la marcha.

Como señala Noel Sosa (2020) hablar de maternidades en los feminismos y entre las feministas ha sido un tema dificultoso pero que ha aparecido en distintos ciclos de lucha aportando claves para un debate común11. Desde la retomada de la marcha de 8M en Montevideo a partir de 201412, el año 2019 aparece por primera vez en la proclama un pequeño apartado sobre las maternidades desde una perspectiva feminista: «Estamos en Huelga feminista, porque deseamos deconstruir la maternidad como institución opresiva» (Proclama de la Coordinadora de Feminismos 8 marzo 2019 en Montevideo)13.

El fragmento cuestiona los mandatos opresivos de la maternidad, una de las bases fundantes de sus mitos. Podemos leer cómo este tipo de enunciación representa una «antiestructura» de la maternidad. Abre otras voces hacia una imagen consolidada sobre el ejercicio de maternar construida por las instituciones: interpela a la institución médica sobre los mandatos maternos, a la institución educativa sobre los roles de la buena madre, al Estado sobre los derechos y obligaciones de las madres, y sobre qué se espera de una buena madre desde la institución matrimonial.

En el año 2020 nuevamente se inscribe el tema en la proclama del 8M montevideano: “Despatriarcalizemos las formas de maternar y cuidar. Transformamos la culpa en rebeldía. Queremos infancias y crianzas libres. Queremos maternar y cuidar desde el deseo, con el desafío de cambiarnos a nosotras para cambiarlo todo” (Proclama de la Coordinadora de Feminismos 8 marzo 2020 en Montevideo).

La proclama en su totalidad se estructura a partir de distintas dimensiones desde donde se busca despatriarcalizar la vida. En comparación al año anterior se amplía el eje de enunciación, se habla tanto de maternar como cuidar. Ahí podemos ver un desplazamiento de la imagen materna hacia lxs cuerpos que cuidan, abarcando otrxs sujexs que ejercen esta función. Partir de la idea de «despatriarcalizar» genera doble movimiento, se escribe desde lo afirmativo a la vez que enmarca una posición crítica al patriarcado.

Enuncia un horizonte de deseos (Gutiérrez, 2015) que busca dislocar los significados hegemónicos que se alimentan de las facetas institucionalizadas de la vida (Rich, 2018). La idea de «transmutar culpa en rebeldía» aterriza en el plano cotidiano las formas que se buscan transitar esta lucha. Hablar de cuidados desde una dimensión deseante lo reubica como un lugar de producción de la vida sin romantizarlo. Abordar sobre qué infancia imaginamos da otro tono al debate, abriendo para pensar las crianzas desde los feminismos asociada a una experiencia más libre, diversa. Comparto con Clarice cuando valora que estamos acompañando cambios en este terreno “los niños que estamos criando ahora, los varones que se están criando ahora de formas diferentes y que lo vemos (...) lo veo en mi familia, hay una sensibilidad distinta y eso lo movió el feminismo, podrás o no llamarte feminista” (Entrevista a Clarise).

Hay una forma de entender los procesos de transformación social que pasa por «cambiar a nosotras mismas para cambiarlo todo». Se inscribe en un paradigma de lucha que hace hincapié en los procesos micro en diálogo con el macro. Eso se plasma en las prácticas cotidianas, en los modos de crear, de vincularse entre nosotrxs y con lxs hijxs. En ese sentido se nota un movimiento en los parámetros de sensibilidad en la crianza de lxs niñxs, sin estar inscriptos al sexo. Desplazando los binarismos mujer-sensible, varón-fuerte.

Ahí nuevamente las expresiones de la proclama aparecen como «antiestructura», emerge como un momento liminar compartido, leído de forma colectiva en la marcha. Es un espacio de tránsito que manifiesta diferencias con los valores hegemónicos.

De los materiales producidos en la organización del 8M de 2021 me interesa destacar una parte de un documento que se ha organizado a partir de la transcripción de fragmentos de varios podcasts elaborados en las semanas previas a la marcha sobre distintos ámbitos de la vida. El eje «Maternidades y cuidados» se mantuvo, cambiando un poco el tono de la enunciación. Aborda cómo lxs cuerpxs que cuidan atravesaron la pandemia: “contra el control y precarización de la vida. El teletrabajo es una trampa porque, al final, todas las demandas, las laborales y las reproductivas se solapan en un mismo espacio tiempo. Y eso… ¡¡¡Es abrumador!!!” (Documento Tejido Feminista, 8 de marzo 2021 en Montevideo)14

Pasado un año de crisis sanitaria, resultado de una pandemia vivida en escala global, los mecanismos de precarización y control de la vida fueron el tema central de los debates previos a la marcha. Preguntarnos cómo atravesamos esa crisis social fue una interrogante que movió el tintero en las plenarias previas. El teletrabajo y los cuidados pasaron a estar en el epicentro de infinitas discusiones a lo largo del año. Se situó como evidente el carácter central de los cuidados para la manutención de la vida humana. Sin embargo, ha sido el lugar donde se hizo carne la precarización de la vida.

En el fragmento se expresa la idea de cómo el teletrabajo aportó tanto al control como al desborde personal de la vida cotidiana. En el contexto de encierro, los trabajos reproductivos y productivos coexistieron, sumado a la convivencia con lxs niñxs, han proporcionado momentos de conflictos, angustia, crisis. El relato normativo ubicó la novedosa modalidad de teletrabajo como una solución acertada para no frenar la economía y mantener el flujo del capital. Enunciar otra faceta de la realidad vivida por las personas que cuidan, politiza lo personal, enuncia las zonas grises y de conflicto. Ahí nuevamente las tensiones de la vida social están en la escena y evocadas desde el 8M. El relato de Clarice hace eco a la realidad de muchas personas que estuvimos en situaciones similares durante el encierro:

Que estemos teletrabajando no significa que las 24hs estemos disponibles porque ahí era Lua la que nos decía basta, me parecía horrible a veces estaba en el living con el celular la metíamos con un dibujito porque yo estaba en el cuarto conectada y él en el escritorio, realmente cuál es la urgencia y el WhatsApp hace que estés 24hs a disposición cuando en realidad sos un trabajador y tenés derecho a de noche no responder un WhatsApp. En esa circunstancia de encierro y cuarentena, parecía que teníamos que estar disponibles. (Entrevista a Clarice)

El trabajo productivo invade las casas, precariza las condiciones de trabajo, desdibuja los tiempos, desregula los acuerdos previos de disponibilidad, comparte y disputa el espacio con los cuidados que exige sostener la vida humana y no humana. Para las personas que tenían su sostén económico con actividades informales, sin contratos laborales, el encierro significó el cierre de sus ingresos y la profundización de la escasez material. Las situaciones de violencias de género se han disparado, sobre todo en los casos que las víctimas se veían obligadas a encerrarse con sus agresores.

Dar voz a los conflictos que se desplegaron, ahondar sobre la precarización de la vida y pensar las tramas que nos sostienen ante un contexto de crisis, es una forma de seguir una pedagogía propia del feminismo de alimentar la politicidad a la vida. Se ve reflejado ahí la crítica feminista de la cotidianeidad que pone centralidad en la reproducción de la vida (Gutiérrez, 2015; Federici, 2017). Desnaturalizar y cuestionar lo normalizado ha sido motor de los ciclos de lucha a lo largo de la historia del feminismo. Convertir espacios liminares y de tránsito en espacios permanentes que habilitan nuevas conductas, nuevos valores ha sido un aporte de los feminismos para construir nuevos mundos. Preguntándose qué vida queremos vivir vamos “cambiando nosotras para cambiarlo todo.

Algunas consideraciones

Las interrogantes que han sido abiertas desde los feminismos nos han permitido comprender la necesidad de desdibujar los roles que nos han asignado históricamente. Nos han llevado a luchar por ocupar lugares negados de la esfera pública y darle nuevos significados simbólicos a la esfera privada. Las investigaciones feministas son originales por seguir inaugurando nuevos enfoques, nuevas escuchas, dando otras respuestas a las realidades vividas por las mujeres (Harding, 1987; Bock, 1991) y por los cuerpos feminizados. Las voces situadas desde distintos contextos aportan miradas posicionadas y encarnadas que complejizan las tramas que componen la producción de conocimiento (Haraway, 1995).

En las proclamas de 2019 a 2021 las palabras fueron escritas, dichas y escuchadas por las calles durante el 8M. Se han tocado temas silenciados que atraviesan las maternidades. Se nota la maduración de un debate que tiene una trayectoria y acumulado propio. En 2019 se abrió una ventana para mirar y cuestionar los mandatos maternales que lo sostienen como una institución opresora. Luego en 2020 se cuestiona las formas patriarcales de cuidar y crear, adquiere un tono propositivo donde la clave del deseo es anunciada. En 2021, en medio al colapso de la vida pandémica, se pregunta cómo estuvo el maternaje en contexto de encierro y crisis, haciendo énfasis en la profundización de la precariedad ante los cruces del teletrabajo y cuidados.

El sostén de estas ideas en las proclamas se debe en gran medida a una confluencia de colectivos que supieron plantear el tema y otros que lo acogieron dando cuerpo a una trama de voces situadas que se complementaron.

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Prensa

El Liberal, Montevideo, 1908

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Proclama de la Coordinadora de Feminismos 8 marzo 2019 en Montevideo

Proclama de la Coordinadora de Feminismos 8 marzo 2020 en Montevideo

Documento Tejido Feminista, 8 de marzo 2021 en Montevideo


1 Por elecciones epistémicas y políticas será adoptado un ejercicio de lenguaje no sexista.

2 En Uruguay podemos identificar otros ciclos de la lucha feminista en distintos momentos históricos, especialmente en el período de los novecientos (Sapriza, 2002; Cuadro, 2016) y las tensiones presentes durante los 80’ (de Giorgi, 2020; Sosa, 2020). En el apartado me interesa centrar en el despliegue del feminismo popular de la última década.

3 La Marcha de las Vadias (Sluts walk en inglés y Marcha das putas en portugués) originada en Canadá fue organizada como protesta luego de una charla de un policía en un campus universitario donde dijo que las mujeres no deberían vestirse como putas para no ser violadas. Esta declaración provocó mucha indignación y generó la propuesta de la marcha para volverse un debate público. La consigna de la marcha contesta la idea invertida de culpabilidad de la víctima. Reivindica la libertad de exposición del cuerpo de la mujer y reubica el rol del agresor como responsable por el acto de violencia. (Rocha y Veras Iglesias; 2014)

4 Ni una menos es una consigna que nombra a un movimiento de mujeres en Argentina, surge tras la muerte violenta de Lucia Pérez en 2015, cuando sale por primera vez la marcha movilizando más de 80 ciudades en el país.

5 Se nombra por feminicidio los casos de muerte de mujeres por su condición de ser mujer, resultado de la violencia de género.

6 No se trata del primer encuentro de feminismos realizado en Uruguay; representó un hito porque reunió grupos emergentes con las organizaciones del periodo anterior. Una de las consignas que surge del encuentro enunciadas en la declaración final es “poner al movimiento en movimiento” con la idea de dialogar con el contexto político del movimiento feminista de volver a las calles y romper con los límites de los procesos de institucionalización.

7 El Tejido Feminista está compuesto, sobre todo, por colectivos feministas autónomos.

8 La Intersocial feminista está compuesta por colectivos que se destacan por su carácter institucionalizado aunque hayan variaciones a la interna.

9 No pretendemos profundizar en el histórico y en las tramas que sostienen el 8 de marzo en Uruguay. Para saber más ver: Sosa y Furtado, 2020; Sosa, 2020 y Naser, 2019.

10 Optamos por uso del término cuerpos feminizados para ampliar las distintas formas de comprender las experiencias femeninas, sin relacionarlas estrictamente a los trazos biológicos, así los cuerpos trans e identidades diversas también entran en juego.

11 En su tesis doctoral Noel Sosa (2020) aborda de forma detenida el ciclo de lucha de las mujeres en los 80’. Es relevante su análisis sobre la movilización de 8 de marzo de 1985, se construye en diálogo con consigna de la proclama, en especial a partir de la idea expresa por la frase «Porque las mujeres no sólo queremos dar la vida, queremos cambiar la vida».

12 En Uruguay, la marcha de 8M son retomadas en 2014 luego de varios años sin ser convocadas. Sin embargo, en todo el siglo XX hubo distintos ciclos de la lucha feminista en Uruguay y en el Rio de la Plata. Para saber más ver Graciela Sapriza, 2008 y 2014; Noel Sosa, 2018 y 2020, Inés Cuadro, 2018; Sosa y Furtado, 2020; De Giogi, 2020, Mariana Menéndez, 2018).

13 “¡Huelga feminista! Memoria de lucha, día de Paro, tiempo de Rebelión”. Proclama de la Coordinadora de Feminismos, 8 marzo 2019 en Montevideo.

14 Podcast completo disponible en: https://zur.uy/hacia-el-8-tanto-por-decir/